domingo, 14 de octubre de 2007

...lunes.




Días como estos han sucedido a lo largo de todos los tiempos. Diferencias que a veces solo se hacen perceptibles cuando se trata de plasmar los sucesos en una línea temporal.
El recuerdo incansable de aquel ya lejano comentario, que perduraba para siempre en mis oídos, de quien me acompaño a lo largo de 20 años en este escritorio, diciéndome de manera inequívoca, y haciendo eco en mi interior como el agudo sonido de una piedra cortando la tensión superficial de un espejo acuático, de que mas allá de nuestra inagotable negación, la muerte nos asecha. No era la pesadez de esas palabras las que me causaban el mayor estremecimiento, sino mi extensa rutina que día a día se prolongaba logarítmicamente, condenándome al dolor que genera la idea del infinito en nuestra limitada imaginación.
Como todas las mañanas, la llegada a la oficina de la calle Bartolomé Mitre, me dejaba ese sabor amargo que se huele en las casas abandonadas, o el olor del hollín, que me recuerda a las pocilgas incendiadas, a las cuales la humedad y el paso del tiempo, les impregnó ese gusto rancio que despide la leche cuando permanece estacionada al sol durante un prolongado numero de días.
La entrada por la puerta secundaria, me hacia sentir como una mas de las ratas que, incógnitamente habitan durante las noches los tugurios del edificio, al tiempo que la ciudad se sumerge en el breve sueño cotidiano.
Como un roedor alquimista, que con sus afilados dientes intenta transformar trozos de papel en su preciado festín, me precipitaba sobre el escritorio que me había sido asignado tras largos años de permanencia. Como todos, imaginaba un mundo fuera de aquella madriguera, que con su calor maternal nos invitaba a dejar nuestras vidas a su servicio. Mi sueño de llegar cada vez mas lejos coincidía con el de todos mis compañeros, que esperando su gran oportunidad, trabajaban casi a desgano, con sus miradas perdidas en el fondo de sus pantallas.
Andrea, que fue mi compañera a lo largo de los años, tomaba muy en serio su trabajo. Temía una represalia por parte de su jefe, quien la había amenazado de manera implícita al dejarla en condiciones laborales inferiores a las que el resto de nosotros.
Un día me había contado que Susana estaba planeando un viaje a Europa, y que habían obtenido ya todas las credenciales que le solicitaban para tener libre paso por la totalidad del viejo del continente. Ella había planeado un extenso recorrido, que comenzaba por la ciudad de Madrid, conociendo la cultura que ha dominado estas tierras por siglos, sin olvidar ningunos de los castillos reales deleitan a miles de visitantes del mundo entero. Seguiría por el interior de España, hasta llegar a Barcelona, atravesando los principados de Andorra, bañándose en las playas del Mediterráneo, hasta definitivamente enamorarse en Paris, donde perduraría por siempre de la mano de su dulce amado, el cual ya no recordaba su nombre.
Pablo, que era un rígido conocedor de la antigüedad, se había prometido conocer las maravillas de la antigua Grecia, penetrando en la Acrópolis, como de alguna manera lo habrían hecho los turcos hace unos siglos, arrasando con miles de fogonazos los tesoros mejor guardados y más profanados de aquella cultura. Posteriormente pasaría por Los Alpes, y atravesando los paisajes naturales, llegaría al norte de Italia donde conocería todo lo que alguna vez fue un basto Imperio, permaneciendo en el corazón de él, hasta el final de su existencia.Constanza, cuyo padre había muerto por un tiro en su cien, luego de que apostara en el hipódromo su seguro de vida, estaba esperanzada en que desde el gran nuevo Imperio le llegase una tarjeta de color, que la enviaría hacia un futuro casi asegurado. Sus piernas esbeltas y armónicas, las cuales se prolongaban a lo largo de toda mi imaginación, remataban en dos semiesferas casi perfectas, desde donde comenzaba su fina cintura. Hacia arriba, entre su torso dulce y suave, se dejaba entrever sus senos maternales, que de alguna manera me transportaban hacia mi infancia más noble, e imaginaba sus cálidas manos acariciando mi rostro inmaduro, con la delicadeza que una madre transmite en un mar de afecto a su hijo recién nacido. Sus facciones no eran mas que una repetición de sus cualidades físicas, que sin embargo, el paso del tiempo no la había afectado en lo mas mínimo
Mis aspiraciones no eran menores. Había soñado alguna vez con la América latina de los conquistadores, en pisar las iglesias que habían erigido con mano de obra esclava, quienes en nombre de dios arrasaron con los últimos destellos de una civilización ya perdida.
Estaba en mi imaginario la llegada a las Islas del caribe, ultimo eslabón latinoamericano, que me cruzaría hacia el antiguo mundo, donde me esperaba “el conocimiento”, la fortuna y también, porque no, la diversión, algo que me haría olvidar por completo el rutinario correr de los días. Mientras tanto, la plaza de los dos congresos, el antiguo café el molino, – que de café ya no tenía nada – del cual solo se conservan algunas de sus aspas, el cartel del "Instituto del Pie" seguían siendo los patrones que me indicaban que mi jornada había comenzado.
Mi escritorio color marfil, que con el correr del tiempo se había marchitado como una lagartija echada al fuego, me indicaba cual eran mis tareas asignadas para ese día en particular, las cuales permanecían extendidas a lo largo de la interminable superficie. Bastaba con prender el ordenador y la rueda de un destino ya enunciado, comenzaba a girar. Los bordes del mismo, en una madera maciza que alguna vez intentó ser un roble de excelente calidad, hoy estaban reducido a muestrario de quemaduras, símbolo de una época en que los pulmones ajenos cotizaban menos que el beso de un anciano sin dientes.
Saque del cajón la lapicera que me había regalado una amigo antes de partir hacia Australia, y del cual hace dos años no había tenido noticia, por lo que supuse que en el mejor de los casos había sufrido un naufragio al llegar a las costas africanas. Cerré el cajón, que de vez en cuando se atoraba al intentar sacar algo con celeridad, algo que con los años, me enseñó a tratarlo dulcemente, acariciándolo en cada expulsión del fino tirador.
Abrí el cuaderno donde escribo todas las mañanas mis quehaceres cotidianos. Las hojas me mostraban el interminable transcurrir en este sitio. Algún viaje donde había tenido que vagar por la ciudad durante toda una tarde, o las siluetas de un edificio en Tandil, que creo se termino hace meses atrás; las fachadas que alguna vez había imaginado para unas viviendas en Núñez, o las cúpulas vidriadas, que un hombre de poca imaginación y mucha celeridad con sus negocios me había encargado últimamente, y al cual nunca le envié respuesta alguna.
Al fin llegue extendí las hojas donde debía "acomodar" los muebles de algún lugar remoto, los cuales como oficio de rutina se desplazaron a lo largo del dibujo, hasta llegar a su posición final, para alegría mía y desgracia de quienes debían habitar esa insoportable yuxtaposición de ideas. De cualquier modo, tarde o temprano no solo terminarían haciéndome responsable de lo realizado, sino también de las crisis cíclicas a las que se ve sometida la economía del Sudeste Asiático.
Al sonar el timbre del teléfono, ya doloroso para mi espíritu, lo hacia de manera tal, que quien estaba al otro lado del auricular podía sentir el desprecio que el apaciguador paso del tiempo genera en los seres humanos, y lo poco que de ello le queda. Alzaba el auricular en mis manos, con un sutil giro en el aire de ciento ochenta grados, que lo depositaba a un costado de mi rostro. Movimiento inverso se daba a los pocos segundos, sin mayores novedades.
A veces, al tiempo que mi interlocutor me comunicaba algún suceso, que realmente ya no le interesaba ni a él mismo, imaginaba como estarían en esos momentos la llovizna sobre la capital Inglesa, o tal vez la bruma y el hollín estaría en este momento, opacando la hermosa y centenar torre que les muestra a los londinenses el incesante transcurrir de su era, transcurrir que se imaginaba con la gente en los micros de doble altura y la velocidad que le impone a esta ciudad imaginaria el ferrocarril subterráneo.
La mañana pasaba, como los días de hibernación de un animal, solo que la ausencia de la jefa en un tiempo que superaba lo previsiblemente lógico, nos hacia pensar que algo distinto podía haber sucedido. Creo que en el fondo cada vez que pasaba algún retraso de nosotros, esperábamos que algo haya sucedido, algo que de alguna u otra manera nos prepare para la ejercitación mental, a la que ya nos habíamos desacostumbrado.
El mediodía se acercaba y la ausencia comenzaba a hacerse mas preocupante. El comentario de Andrea me había dejado un poco sorprendido, al decirme que el día anterior, ella había visto a Etelvina, nuestra jefa, con dos hombres de brazo, algo no solo inimaginable, sino que nuestra adormecida imaginación no soportaba.
Como siempre que sucedia una ausencia sin aviso, no faltó el inicio de una especie de guerra fria de informaciones vanas, que hacian transcurrir las horas inesperadamente.
Las conjeturas duraron hasta la media tarde, momento en que una reveladora llamada, nos sorprendió a todos por igual. Un llamado proveniente del hospital, había informado, que una persona de apellido Gómez, había muerto como causa de un accidente de tránsito, y que inevitablemente, por su dentadura, la persona Gómez a la que se estaban refiriendo trabajaba en este lugar.
Etelvina Gómez, había intentado llegar mas temprano a la oficina el día de hoy, lo que le había costado la vida al intentar subir corriendo al ómnibus que la traería para consumar su perverso fin. Quizás la suerte, en uno de esos ataques de imprevisión, la habría impulsado a tomar ese ómnibus en lugar del que ella simpre aborda, aplastándole la cabeza sin piedad.
Fueron duros los primeros momentos. Todos comenzamos a recordar sus bondades, como siempre solemos hacer cuando sabemos que no volveremos a ver nunca mas a alguien, aun siendo alguien detestado por nosotros, como si la finitud de la existencia la eximiera de sus calamidades.
Pasaron dos horas, cuando todos debíamos emprender el retorno a nuestros hogares, y de esa manera terminar nuestro día, como lo hemos hecho a lo largo de los 20 años que nos precedieron. Aunque hoy todo era muy distinto. Nuestro azotador había muerto, aunque todos en ese momento padecíamos el síndrome de Estocolmo, y nos llenaba de pena la muerte indigna que ella había tenido.
Por una de esas hipocresías, debíamos ir a velar por la muerta, y a dar nuestro más sentido pésame a sus hijos y esposos, que verdaderamente me molestaban, no sé sí por su aspecto sucio, o por la solicitud de una ayuda económica para los nuevos carenciados de afecto maternal.
Lo que encrudeció el dolor en la noche, creo que fue la entrada de Constanza al recinto, lo que casi me hace estallar en lágrimas. Ella lloraba mucho, pues había tenido una relación muy estrecha con la difunta, tan estrecha como el escote pronunciado que vestía, el cual permitía una vez mas, deleitarme con sus duros y voluminosos senos.
La abracé y me hundí en un llanto junto a ella, deslizándome poco a poco sobre la suave curva que le delineaba el cuello, hasta que descansé sobre aquel escote, que me daba cobijo al mal momento compartido. Inmóvil ella, como una madre que amamanta a su pequeño niño, se refería con palabras dulces hacia quien yacía en aquel distante cajón, palabras que en mi mente comenzaban a se ininteligibles.
Pedro, Empleado ejemplar, quien nunca se cansa caer en gracia, aun en momentos inoportunos, hizo honor una vez mas a su reputación, interrumpiendo este momento tan preciado por mí, con su aguda y repugnante voz, similar a la de un eunuco que recién llega del quirófano
El resto de la noche fue como una fiesta, solo que se olvidaron de poner música, y los que se encontraban en ella, no hacían mas que invocar estrofas y versos estúpidos de personajes vivos o muertos, que para la ocasión, se sumaban al derroche inútil de salivas.
El amanecer, casi me sorprende pretendiendo llevar a su casa a Constanza. Ofrecí el mejor de los vehículos para transportarla, con las intenciones de decirle que en mi casa estaríamos mejor durmiendo solos y mitigando un poco el dolor que nos había generado el derramamiento de tantas lágrimas. Al fin de todo la vida debía continuar, aunque el dolor iba in crecendo por estas horas.
Su negativa me dolió en cierto modo. Pedro contaba con un lujoso automóvil, que no podía ser de otra manera, había conseguido gracias a los innumerables años de sacrificado esfuerzo, haciendo de mi solitaria noche, la hermosa culminación de este asqueroso cortejo fúnebre, donde el cajón comenzaba a despedir un olor, que inundaba a todo el vecindario.
Pensé que todo esto iba a durar quizás un poco mas. Dos días tal vez. Pero al igual que aquellos senos que ayer me pertenecieron solo por unos instantes, el velatorio, fue igual de efímero. Todos volvimos a nuestros lugares, y la jornada era como siempre de esperanzadora. Llegue unos minutos antes para ver como iban llegando cada uno de mis compañeros, pero note que todos estaban estupefactos, con las cabezas bajas mirando el piso duramente. Por un momento pensé que todo había cambiado y que el impacto que generó la idea de la muerte en las cabezas de todos, había conseguido replantear proyectos, imaginarios y hasta modos de vida, algo que se desvaneció junto con la aparición de la mayoría de mis contemporáneos.
Me llamo la atención la demora de Constanza, hasta que finamente la vi entrar como todos los días con esa alegría que su cabellera irradiaba. La mire una vez mas, esperando una señal que me haga recordar por un instante lo hermoso que habían sido esos instantes, en que yo adormecido en sus encantadores senos, me hundía en un sueño de fantasía.
Pero quizás la misma idea de la muerte se encargó de poner todas las piezas nuevamente en el tablero, y una vez mas, todo volvió a su lugar. El aluvión de ideas se había convertido en una desesperanzada llovizna otoñal, y nuevamente las agujas del reloj corrían en un mismo sentido.
Mi Temor a perderlo todo, me convenció abruptamente de lanzarme a la vida, sin mas vacilaciones. Mientras ella caminaba hacia mi, como todas las mañanas lo realizaba para saludarme y seguramente hacerme algún comentario sobre lo trágico del suceso que nos involucraban, la miré a los ojos, y exhalando una enorme bocanada de aire dije:
- Buen Día! – y antes de que continuara con su firme marcha hacia su sillón agregué - Que tenés que hacer esta noche?
Carlos R. Vila

jueves, 2 de agosto de 2007

Desde el ocaso.

El tiempo transcurría por el largo camino que me llevaría de vuelta aguas abajo, pisando el espeso manto de hojas que el otoño, con su brisa, acomodada a un costado del sendero, a un ritmo lento pero constante. Los días eran cada vez mas cortos, la bruma cada vez mas densa, y de a poco el oxígeno que había en la atmósfera, se iba desvaneciendo junto con mi humanidad. En el constante rimo de los amaneceres, se podía sentir como los pájaros que solían cantar a la mañana, habían perdido ya su fuerza, cayendo como hojas desde los árboles.
Recordé que estábamos en época de cosecha, lo cual me había colmado el alma de esperanzas, sobre el incierto futuro que devendría. Si los augurios de nuestros antepasados se materializaban en nuestra inmediatez nada de lo que veíamos en nuestro vasto horizonte seria perceptible a nuestros ojos. Sobre los campos, el viento levantaba el polvo de lo que alguna vez había dado de comer a toda la región, y las semillas que se habían plantado hace dos décadas, no habían siquiera servido de abono.
El mundo languidecía en esta tarde, y había una extraña sensación de que todo sucedería según lo esperado. Ciertamente, habíamos tenido una falencia la cual nos daba la certeza de que algo pasaría: hace dos décadas que no habíamos sembrado los campos, y hoy a la espera del anuncio creíamos que era la hora de levantar la cosecha.
La situación había alcanzado ya, a la mayor parte de las almas. Los pueblos aledaños caían victimas de sus errores y sus edificios se derretían fundiéndose con su ignorancia. Los niños cuyas elevadas temperaturas, emitían vapor de sus almas, eran alcanzados por el calor que provenía del mar, el cual hervía la humedad del aire, dejándolos sin aliento.
En las cavernas de las afueras, que alguna vez habían sido nidos de amor para las serpientes y lagartijas, estaban hoy ocupadas por diminutos seres que, luego del “Gran momento”, habían logrado la emancipación final sobre el enorme poder del Homo, el cual al ver derrumbado su reinado, se inmoló en el momento de su rendición.
Las comunicaciones se habían reducido a una simple simbología que tenía en cuenta solo las funciones vitales que mantenían a la especie en pie. Eran pocos los que podían escribir dos palabras, pero ya nadie las sabía leer, lo que hacia que la comunicación sea cada vez menor. Algunos habían empezado años atrás a improvisar nuevos lenguajes y dialectos, pero su espíritu vanguardista los aislaba día tras día, y la ira de la sociedad pronto acabo con ellos.
Al otro lado de los montes, los impacientes esperaban las calamidades que las escrituras ancestrales prometían, las cuales ya no podían ser interpretadas por la falta de escribas en esta zona. La confusión se hacia dueña de las almas, haciendo que el ocaso su civilización sea un hecho casi consumado. Los cañonazos de los que aun continuaban en pie de lucha, no lograron siquiera detener el avance de sus amigos, y mas débiles aun era para sus enemigos. No era posible su diferenciación, ya que los colores se confundían en la oscuridad de la noche, y el manto de sangre que bañaba con sus rojos labios toda la superficie cultivable, comenzaba a teñir los ríos que, aguas abajo enviarían la señal de desolación que se estaba viviendo por esas tierras.
La situación cerca del mar no era diferente. Morían quienes intentaban hundir las balsas improvisadas de quienes querían huir, victimas de temor a lo inevitable. Parecía que el destino estaba fijado de un lado al otro de la civilización.
El único bastión que aun no había caído victima de los horrores que el devenir estaba preparando, era el norte. Allí, se hallaban los mas voraces de la especie, que en cierto modo habían mantenido sus capacidades. Yo, que era parte de este selecto grupo, caminaba todas las mañanas en mi recorrida rutinaria. Pero hoy todo era distinto.
Una parte de mi alma aun se mantenía viva, con la esperanza de que, si el resto de la región cayera, nosotros podríamos continuar la existencia como los seres únicos, de tal forma que nuestra cultura se sobrepondría a tal catástrofe.
No habíamos perdido nuestra habla, ya que el sometimiento al resto de los vecindarios, nos había convertido en lengua oficial. Los medios de comunicación eran fluidos, y podíamos informarnos, informar y manipular sobre todos los estados de situación en la totalidad de la región. El agua manchada con la sangre de los que se ubicaban al norte, se había depositado en el lecho del río, y podíamos beber del agua limpia sin impurezas.
Por estos días nuestro destino estaba librado a la voluntad de un clérigo, que había ganado una reputación, cuando hace doce años había hecho sucumbir a un grupo de expedicionarios del norte, momento en el que se hizo cargo de la situación en el sur de la bahía.
Su ascenso al poder no había sido tanto por la fe que imponía a sus subordinados, sino que su ambición por dominar tierras y su instinto asesino lo había convertido en un ser despiadado, el cual no tenía compasión siquiera con los hijos de su tercera mujer.
Cada tanto había focos de rebelión, los cuales eran atacados con el poder de su sable, que derramaba hasta la última gota de sangre de quienes no aceptaban el perfecto estado de equilibrio al cual él nos sometía de manera dulce y fraternal.
La última revuelta, había ocurrido hace cinco años exactamente. En una fría noche de julio. Siete hombres de una legión que habían jurado defender con su vida al clérigo, forzaron la guardia que impedía el paso al ferrocarril que los sumergía dentro de la tierra, y los llevaría al destino final, donde él reside. Una vez dentro del vagón que los llevaría al destino final, dieron a andar la máquina, la cual tras un golpe de potencia, aceleró bruscamente. El aire se había comenzado a viciar, ya que la misma estaba preparada para cinco personas, y el oxígeno estaba siendo consumido en demasía por la cantidad de pasajeros. Las cámaras lo habían capturado todo, y mientras ellos estaban en su viaje victorioso, un ejercito los estaba esperándolos en la parada final. Pero no fue necesario el ejercito para destruir el golpe comando. Llegando casi a la mitad del túnel, uno de los hombres no soporto el temor a ser ajusticiado por el temible clérigo. Se imaginaba como su cabeza rodaría por la plaza central, tras horas de torturas. Podía sentir el olor a su carne como se iba quemando poco a poco mientras sus últimos suspiros como hombre se evaporaban en la hoguera. Había llegado al punto de no poder contener su estupor, y en un segundo de pánico, arrebato las seis cabezas de los seis cuerpos, los cuales ya no constituían una integridad. Del héroe de esa rebelión, se recuerda el rodar de su cabeza, con todos los honores por haber salvado en ese momento a nuestro clérigo.
Hoy se sentía que no se corría la misma suerte. El sol no había salido como todas las mañanas, demorándose una hora en su llegada habitual para este día, lo que nos hizo dar cuenta de la gravedad de la situación.
El clérigo, tras doce años en el poder y debilitado en su persona, se había hecho de un potente arsenal que amenazaba con pulverizar a quien osase atentar contra él y su régimen. Solo se rodeaba de algunos cuantos bufones que de a ratos le estiraban la deshidratada piel de su desfigurado rostro, en una leve muesca de sonrisa.
Nosotros vivíamos bien. Nuestras familias podían hacer las dos comidas que el ministerio alimenticio recomendaba para estar saludables y los ancianos morían a la edad de cuarenta años, tras una larga y agradable vida, aunque la monotonía no nos sentaba del todo a gusto. El clérigo, hombre que había ya superado los sesenta años, era considerado un hombre sabio, que de una u otra forma había logrado vencer a la vejez, aunque su ocaso resultaba casi inevitable.
De todos modos, hace días que todo había dado un irremediable e inesperado giro, y todo el orden que estaba ya establecido, parecía estar montado sobre un delgado y añejo cable. Quienes sostenían los hilos del ya demacrado clérigo, habían comenzado poco a poco a deshilacharlos. Los alegres hombres que en las montañas del norte lo apoyaban en todas sus actuaciones, y que durante años habían enviando a este rincón las provisiones de alimentos y agua que nuestra ciudad consumía cotidianamente, habían sido ejecutados por sus súbditos, los cuales en una desesperada desorganización, se inmolaron con ellos, borrando toda sonrisa. En altamar, se hundían en sus precarias balsas los Duques de las Costas, que en los días fértiles proveían del pescado y las delicias del mar, junto con el descanso y la tranquilidad del infinito océano. Lo pequeños seres que habitaban el bosque, y que con su labor cotidiano aportaban frutos, verduras, tabaco, alcohol, y otros derivados de la tierra a nuestro pueblo, al comprender lo que estaba sucediendo en la región, se internaron en lo mas profundo de sus cavernas, lo cual facilitó la tarea al no tener que cavar sus fosas, ni las de sus hijos.
En este día, todos ansiosos estábamos esperando la aparición de nuestro clérigo. Después de todo, el fue quien nos condujo hasta estos momentos, y nunca se ha desalineado de lo que las escrituras ancestrales imponían a nuestro conflictivo presente. Esta tarde se nos diría cuales serían los pasos a seguir, para evitar perecer a todas las calamidades que el cruel destino no impartía.
Había transitado durante la mañana la ruta que me comunica con la plaza central, y el agotamiento que esto me había generado me sacaba en cierto modo las ganas de permanecer ahí, a la espera de los anuncios. Pero pensaba en mis hijos, los cuales deberían estar jugando en el patio de la casa, como otros tantos días. A la madre de ellos, tratando de que en sus quehaceres en el trabajo, le permitiera llegar al menos no lo suficientemente tarde como para poder enseñarles algo, ya que las escuelas habían sido cerradas hace tiempo atrás.
Eran casi las cinco de la tarde cuando la multitud se agolpaba en la plaza central a la espera del ferrocarril, en el cual llegaría el clérigo para emitir su veredicto, e impartir nuevas órdenes. No había caído aun el sol, cuando por fin sucedió. Al hacer su aparición el clérigo, la gente lo proclamaba como el padre y guía del pueblo, sin dejarlo emitir sonido alguno. Esto duro aproximadamente veinte minutos, lo cual le facilitó la tarea al anciano, cuya voz era mas débil que la de un gorrión que ha caído de su nido.
Una vez aplacados los ánimos, la multitud quedo inmóvil por fin, y a la espera de un sermón. Pero sorpresivamente y sin mediar palabras, el anciano levanto su antiguo y deteriorado trasero del sitial que lo contenía, y levantando la mano en cordial saludo a la masa, quienes iban a emitir su comunicado, se dieron a la fuga de manera lenta y burlona. Fue difícil entender la casa por la cual este hombre que nos protegió tanto tiempo había tomado tal actitud. Pero la respuesta fue inevitable, y en ese momento la gente comenzó a solicitar fuertemente el discurso, lo que fue entendido de mala manera por quienes ejercían la celosa custodia del clérigo.
Dos personas vestidas de un extravagante uniforme, corrieron junto al clérigo hacia la maquina ferroviaria, mientras el ejercito de traje azul rosado, intentaba contener a la multitud, ya descontrolada y enardecida.
Preso del terror y con un gran temor a la muerte, me introduje en una boca de tormenta, lo cual me permitió salir de aquel sitio, y evitar de esa manera lo que parecía poner fin a mi vida. Cerré bien la tapa por la que había entrado a las profundidades de la ciudad, para que nadie intentase tomarme por sorpresa. Salí a cincuenta metros de la estación en la que aún estaba detenido el ferrocarril, y habiendo pasado por debajo de la guardia de protección clerical. Me alcé por una escalera de emergencia al vagón, cuando de repente este se echo a andar por el interminable túnel.
El viento me golpeaba fuertemente en la cara, y cada centímetro que avanzaba, me penetraba por los poros de la piel, filtrándose hasta mis entrañas.
No había pasado cinco minutos, cuando desde la entrada al túnel se avistaba un relámpago que calcinaba mi retina, acompañado de un gran temblor, que tras una fracción de segundo, se había transformado en un ensordecedor golpeteo de tambor, produciendo en mi alma un fuerte escalofrío, junto con una perdida momentánea de conocimiento.
Pude abrir los ojos, mientras permanecía en posición horizontal mirando el techo del túnel, intentando recobrar fuerzas para movilizar mi golpeado esqueleto. Pasaron treinta minutos más ahí arriba, cuando volví a respirar aire con una cantidad de oxígeno que me devolvía fuerzas, o por lo menos me daba la sensación de que aun no había muerto. Era el final del túnel, y al observar a mis costados, la paz de los verdes e incansables prados, por los cuales alguna vez había soñado, pero que hoy eran desconocidos por mi, vi como a orillas de un mar anónimo, se erguía un enorme castillo sustentado por las piedras que faltaban al extenso túnel, algo que habría de generar orgullo al alma creadora, pero que hoy se veía devastado y desolado.
El tren por fin ingreso en el y se detuvo, y los dolores que el viento me habían producido, pronto se habían extraviado en los confines de mi cuerpo.
De adentro del vagón, bajo solo el clérigo, el cual camino unos cuantos metros, subiendo altas escaleras, hasta depositarse en la parte mas alta de la bahía. Pensativo, se sentó en un antiguo banco tallado con hojas de acanto y rematado con pequeñas flores de lis, y tras un largo rato de meditación bajo su cabeza, como quien se lamenta sobre algo que ha ya no existe.
A paso muy lento, me aproxime a él, con rostro comprensivo y fraternal. Era la imagen de un anciano, que espera pasiblemente la llegada de su sepulturero, con una pala en sus manos. Intente abrazarlo de algún modo, cuando de entre las mantas que cubrían su precario cuerpo, asomaban sus resecas manos, las cuales se hacían imperceptibles al estar teñidas de un color rojo muy fuerte.
Al levantar mi mirada, se iluminaba el enorme espacio central que el gran edificio tenía. Di una vuelta con mis ojos, a lo que mi cuerpo se había sumado, cuando una fuerte sensación de vacío comenzó a apoderarse de mi alma, entendiendo doce años de nuestras vidas en un instante de conciencia.
La noche iluminada pronto cambio mis antiguas percepciones. De lo que veía color verde, pronto se teñía de amarillo, y los colores oscilaban de un lado al otro del espectro cromático.
Ví a lo lejos que nuestro arroyo inmaculado por largos siglos, dando de beber la vida a nuestras tierras, había sido profanado. El agua impura que durante años habíamos bebido había cambiado su color, y la sangre que la manchaba era la nuestra. En el centro, un campo de juego mostraba como las esferas con las que jugábamos al deporte nacional, no eran mas que las cabezas redondas de lo que alguna vez, creímos que serían quienes continuarían con nuestra labor de preservar la especie. Colmado de dolor y rabia, vi a un costado del clérigo, la mano tendida de un amigo que hace tiempo creía muerto, al cual ya casi no podía reconocer por las destrucción que su pequeño y descuartizado cuerpo poseía, y a quien sus costillas se exponían como filosos cuchillos del mejor acero que jamás se había fabricado.
La última insubordinación, la ejecuté yo. El clérigo se había desvanecido víctima del cansancio y su despiadada labor asesina. Aun no había logrado entender que es lo que había ocurrido con mi antiguo amigo, ya desconocido, cuando hundí en el alma del anciano, la costilla arrancada del cuerpo que yacía en el piso. El viejo había expirado, y ya no consumía ni el mas mínimo volumen de oxígeno, y alzándolo en mis brazos, lo arroje hacia un lejano solado marmóreo, impregnando lo último de su existencia en un grabado ya inmortal. Al observar a mi alrededor, caí en la cuenta de que mi actuación había llegado demasiado tarde, y lanzándome al vuelo de un águila sobre el precipicio rojo que nos protegía de los ataques externos, me había dado cuenta de que mi último logro ya no tenía humanidad para compartirlo.



Carlos Vila

miércoles, 11 de julio de 2007

Las musas estan de huelga

Hay momentos que no se pueden interpretar, y situaciones que no se deben forzar, ya que ello significaría la caída hacia un abismo de perdición intelectual.

El hecho de la NO inspiración no debe asustarnos, puesto que así como tenemos períodos de nuestra existencia en los que las actividades creativas se encuentran en el máximo de su esplendor, hay otros en las que éstas no aparecen por mas motivación que haya.
En eso radica mi búsqueda, ya que no podemos intelectualizar en todo momento, todo lo que se nos presenta. Sería dificil apuntar al objetivo final, el perdenos entre tanta particularidad.
Hoy es mi "no día", y más no voy a intentar.
Una imagen que me recuerde un bello lugar, una bella situación, en fin, hoy necesito recordar. Alla ustedes que, en este particular día mío, no pueden estar en mi lugar.

sábado, 30 de junio de 2007

Lo Turbio no esta en las profundidades....

Mi llegada al extremo continental más austral, no deja en mi interior los recuerdos que uno debería tener, por lo que este tipo de viaje implica. el misticismo y la espiritualidad se hicieron pedazos al producirse en mi interior un vacío que ahondaba en lo profundo de mi estómago, incapaz ya, de lograr digerir lo que había incorporado a mi porción de humanidad por la mañana.
De más esta decir que uno presiente el fin de los tiempos cuando llega a esos lugares tan oscuros y desconocidos para quienes transitamos por las calles de adoquines y asfalto, en las iluminadas ciudades, con las que se coronan las glorias de algún capital. Tan oscuros son, como el interior de las minas de carbón, que tras de sí, deja entrever un largo camino, como un cortejo fúnebre que no encuentra cementerio donde depositar su mercancía.
Ese camino a lo desconocido, tiene para quienes lo transitan a diario, un destino casi siempre trágico. Sumergirse en las profundidades de la nada, donde el oxígeno escacea, y la única estrella a quien contarle sus deseos es, en el mejor de los casos, otro minero.
Sus Dioses no se encuentran en el cielo, ya que los que allí habitan tardarían mucho en llegar en su auxilio. Los sacrificios serían en vano, ya que no hay señal que se eleve desde abajo de una montaña. Sus muertos solo son hornrados por ellos mismos, ya que sus gritos no llegan a la superficie, y aún no han encontrado a su mesías en las profundidades de la tierra. Cada tanto se cruzan con un manantial que fluye hacia ellos con una inusitada presión que les indica que estan en el camino. Es como el oasis en medio del desierto, solo que este desierto los mata por dentro.
Cavan día a día, centímetro a centímetro en las profundidades del yacimiento, con el afán de encontrar algun día a su Dios, para el cual ya tienen preparado las maderas y los clavos con los que elevarán su altar.
A menudo, a lo lejos, se escuchan palabras de aliento, promesas que se sumergen en el fondo de la mina, llamándolos a la nueva civilización. A veces confundidos, otras veces por falta de oxígeno, salen de ella para plegarse a la gran caravana que les promete el acceso directo a su salvación, y a gozar de los beneficios que les otorga creer en los Dioses del Olimpo, mientras los invita a elevarse en la nueva Sion.
Pero como siempre, su decepción no tarda en llegar, y vuelven con sus picos y palas a continuar su eterna búsqueda, ya descreídos de las luces que solo encandilan.
Yo vuelvo, sin conocer siquiera su camino. sin adentrarme en sus profundidades, y lo que me hace menos feliz, sin las palabras de quienes en su lucha cotidiana, siguen lanzándose a los confines de un mundo subterráneo y desconocido por todos. Ellos, ya sin dios, adentrándose en sus montañas, como quienes anhelan aquella fe perdida, pero cada vez mas abajo, donde ni el brillo ni el reflejo del sol llega.
Carlos Vila

viernes, 22 de junio de 2007

Apariencias fantasmales


El carácter intemporal de algunos sitios, nos deja a veces sensaciones extraordinarias, y a veces incomprensibles. Fue un viaje del cual no recuerdo su fecha, y tal vez tampoco los motivos por los que debería estar en ese lugar. Era un pueblo casi olvidado hasta por sus propios moradores, como era de prever desde su acceso, y al cual se siente a lo lejos, que quienes lo visitaban cotidianamente, lo han dejado de hacer hace mucho tiempo. El sonido de un teléfono en una esquina lejana, el cual era casi el único sonido que se podía percibir, hacia pedazos el momento de calma y siesta con que el lugar contaba, inquietando hasta la última partícula que flotaba en el aire. Se sentía en su campana el golpeteo del martillo, de tal forma que uno podía imaginar la furia y las palabras de descontento de quien estaba del otro lado de aquel inusual sonido, ante la falta de una respuesta.Uno duda al pensar quien estaría llamando a un teléfono abandonado, en una esquina abandonada, de un pueblo casi abandonado. Pero las llamadas tienen una causa que las hace útiles, y son siempre intencionadas.
Una y otra vez sonaba el mismo timbre, y acercándome hacia él, ya a unos pasos, podía sentir que el teléfono comenzaba en voz baja una cuenta regresiva. Imperceptible en un principio, creciendo paulatinamente, hasta que su ritmo y mis latidos fueron uno. Cada momento que me acercaba hacia él, su sonido iba perdiendo la fuerza con la que había llamado mi atención hace unos instantes.
Una rafaga de viento me helo los pies, y por mi cuerpo inició su ascenso, una extraña sensación de abandono. Sentía que ya nadie estraría al otro lado del mismo, para darme el esperado y cálido saludo, y que probablemente había caído en una de las trampas que el tiempo le juega a los transeúntes en los lugares que poco a poco van vaciándose de sus pobladores.
Estaba casi a dos pasos cuando de pronto ya no se escucho sonido alguno. La desolación se apoderó de mi alma. Imaginé algunas hipótesis para tratar de no caer en la angustia que genera el estado de soledad absoluta, casi irreversible. Supuse que alguien o algo habría colocado un sensor de modo que el teléfono sonase cada un determinado período de tiempo, para que sus mecanismos y sus campanas no se deterioren ,cuando hace mucho no suena. Quizá el teléfono se estaba llamando a sí mismo como otro mecanismo de defensa. De golpe se me nubló la vista, y comencé a ver la realidad desde un ángulo mas amargo. Tal vez alguien que me estuviera viendo desde una posición lejana y de alguna manera quería burlarse de mí. Profundizando en la idea, me dí cuenta que nadie acudió al llamado del teléfono en ese momento, por lo que él solo no podría estar a cargo de tal obra, e inmediatamente caí en que esto no podía ser posible sin la complicidad de todos los pobladores. Probablemente esta persona estaría en combinación con el resto de la gente para que nadie mas que yo, me acerque a levantar el auricular, de manera que poco a poco harían disminuir la intensidad del sonido, para que una vez al lado del teléfono, mudo e inamovible, comenzarían a reírse todos a coro de mí buena voluntad.
Quien podría estar detrás de este macabro y terrible plan. Esta mente siniestra que tarde o temprano debería aparecer, darse a conocer como el autor de semejante obra de coordinación y pillaje.Podía haber dejado pasar por alto esta broma que sin lugar a dudas todo el pueblo me estaba jugando, burlándose de una persona que ni conocen y que, sin causa alguna, solo quieren espantar como una mosca que sobrevuela un trozo de dulce de membrillo.
Pero como el dulce de membrillo, las intenciones se terminan descomponiendo a la luz del sol, y la ira se comenzaba a hacer dueña de mi razón. Se fue perdiendo de mis oídos el dulce sonido de aquella campanilla que me llamaba constantemente a lo largo de la extensa calle que sin saberlo, era el telón de semejante puesta en escena y atropello hacia mi persona. Me volví la mirada hacia ella, esperando ver a la gente salir por la puerta de su casa con su sonrisa burlona, mirándome como al forastero a quien no puede aplicarle la pena que la inquisición debería aplicarle, solo por un tecnicismo.
Sin embargo, solo encontré desolación y abandono. - Es increíble el grado de cinismo de esta gente!!!! -pensaba. Solo por un momento que yo creí la broma ya finalizada, ellos parecían dispuesto a mantener esta broma de mal gusto hasta las últimas consecuencia.Ni un alma se me acercaba, ni siquiera un susurro en el viento, ni aroma alguno sobrevolaba el pueblo desolador. Era fría la tarde y el sol bañaba ahora la acera, pero desde el horizonte. El tiempo había transcurrido sin que yo pudiera sacar conclusiones firmes sobre estos sucesos que hicieron de mi soleado atardecer, un sombrío ocaso.
Decidí irme de este pueblo que me expulsa, que me burla y me maltrata sin siquiera conocerme, sin darme la oportunidad de ser escuchado, pero fundamentalmente, sin una respuesta a toda esta pantomima.
Ya había olvidado el motivo por el cual yo había llegado este lugar. Tan solo había en mi mente la infinidad de causas por las que quería en ese mismo momento estar lo mas lejos posible de este teléfono que no hizo nada mas que ensañarse conmigo, y dejarme en este día que se presentaba espléndido un sabor amargo, sin aliento ya, para poder despedirme.




Carlos Vila






jueves, 21 de junio de 2007

génesis final.... un viaje desconocido...

Siempre hay un comienzo. Quizás sin que nos demos cuenta el inicio de una causa sucede. Y ahi surgen las preguntas, los cuestionamientos, y las primeras visiones de una realidad, que nos alejan del idilio inicial.
Este es un inicio, simplemente. No se su duración, pero espero no condenarlo a la perpetuidad. Trataré de estar despierto en ese momento, o no... ya inmerso e intemporal.

El dedo que todo lo indica.

El error ajeno es palpable. Se encuentra en cada letra escrita del discurso, en cada movimiento del actor y en cada frase que recita el orador.
Es que el error, es la virtud que ha hecho hombre al simio.
En los errores se desmoronan las torres de quienes lo intentan, y sobre ellos se erigen las mismas que al final perduran en el tiempo.
Las críticas hacia ellos son de los técnicos y de los inseguros, que en su temor a equivocarse, cometen el error mas grosero de todos:
El de ni siquiera arriesgarse