Mi llegada al extremo continental más austral, no deja en mi interior los recuerdos que uno debería tener, por lo que este tipo de viaje implica. el misticismo y la espiritualidad se hicieron pedazos al producirse en mi interior un vacío que ahondaba en lo profundo de mi estómago, incapaz ya, de lograr digerir lo que había incorporado a mi porción de humanidad por la mañana. De más esta decir que uno presiente el fin de los tiempos cuando llega a esos lugares tan oscuros y desconocidos para quienes transitamos por las calles de adoquines y asfalto, en las iluminadas ciudades, con las que se coronan las glorias de algún capital. Tan oscuros son, como el interior de las minas de carbón, que tras de sí, deja entrever un largo c
amino, como un cortejo fúnebre que no encuentra cementerio donde depositar su mercancía.
amino, como un cortejo fúnebre que no encuentra cementerio donde depositar su mercancía.Ese camino a lo desconocido, tiene para quienes lo transitan a diario, un destino casi siempre trágico. Sumergirse en las profundidades de la nada, donde el oxígeno escacea, y la única estrella a quien contarle sus deseos es, en el mejor de los casos, otro minero.
Sus Dioses no se encuentran en el cielo, ya que los que allí habitan tardarían mucho en llegar en su auxilio. Los sacrificios serían en vano, ya que no hay señal que se eleve desde abajo de una montaña. Sus muertos solo son hornrados por ellos mismos, ya que sus gritos no llegan a la superficie, y aún no han encontrado a su mesías en las profundidades de la tierra. Cada tanto se cruzan con un manantial que fluye hacia ellos con una inusitada presión que les indica que estan en el camino. Es como el oasis en medio del desierto, solo que este desierto los mata por dentro.
Cavan día a día, centímetro a centímetro en las profundidades del yacimiento, con el afán de encontrar algun día a su Dios, para el cual ya tienen preparado las maderas y los clavos con los que elevarán su altar. 

A menudo, a lo lejos, se escuchan palabras de aliento, promesas que se sumergen en el fondo de la mina, llamándolos a la nueva civilización. A veces confundidos, otras veces por falta de oxígeno, salen de ella para plegarse a la gran caravana que les promete el acceso directo a su salvación, y a gozar de los beneficios que les otorga creer en los Dioses del Olimpo, mientras los invita a elevarse en la nueva Sion.
Pero como siempre, su decepción no tarda en llegar, y vuelven con sus picos y palas a continuar su eterna búsqueda, ya descreídos de las luces que solo encandilan.
Yo vuelvo, sin conocer siquiera su camino. sin adentrarme en sus profundidades, y lo que me hace menos feliz, sin las palabras de quienes en su lucha cotidiana, siguen lanzándose a los confines de un mundo subterráneo y desconocido por todos. Ellos, ya sin dios, adentrándose en sus montañas, como quienes anhelan aquella fe perdida, pero cada vez mas abajo, donde ni el brillo ni el reflejo del sol llega. 

Carlos Vila


