El tiempo transcurría por el largo camino que me llevaría de vuelta aguas abajo, pisando el espeso manto de hojas que el otoño, con su brisa, acomodada a un costado del sendero, a un ritmo lento pero constante. Los días eran cada vez mas cortos, la bruma cada vez mas densa, y de a poco el oxígeno que había en la atmósfera, se iba desvaneciendo junto con mi humanidad. En el constante rimo de los amaneceres, se podía sentir como los pájaros que solían cantar a la mañana, habían perdido ya su fuerza, cayendo como hojas desde los árboles.Recordé que estábamos en época de cosecha, lo cual me había colmado el alma de esperanzas, sobre el incierto futuro que devendría. Si los augurios de nuestros antepasados se materializaban en nuestra inmediatez nada de lo que veíamos en nuestro vasto horizonte seria perceptible a nuestros ojos. Sobre los campos, el viento levantaba el polvo de lo que alguna vez había dado de comer a toda la región, y las semillas que se habían plantado hace dos décadas, no habían siquiera servido de abono.
El mundo languidecía en esta tarde, y había una extraña sensación de que todo sucedería según lo esperado. Ciertamente, habíamos tenido una falencia la cual nos daba la certeza de que algo pasaría: hace dos décadas que no habíamos sembrado los campos, y hoy a la espera del anuncio creíamos que era la hora de levantar la cosecha.
La situación había alcanzado ya, a la mayor parte de las almas. Los pueblos aledaños caían victimas de sus errores y sus edificios se derretían fundiéndose con su ignorancia. Los niños cuyas elevadas temperaturas, emitían vapor de sus almas, eran alcanzados por el calor que provenía del mar, el cual hervía la humedad del aire, dejándolos sin aliento.
En las cavernas de las afueras, que alguna vez habían sido nidos de amor para las serpientes y lagartijas, estaban hoy ocupadas por diminutos seres que, luego del “Gran momento”, habían logrado la emancipación final sobre el enorme poder del Homo, el cual al ver derrumbado su reinado, se inmoló en el momento de su rendición.
Las comunicaciones se habían reducido a una simple simbología que tenía en cuenta solo las funciones vitales que mantenían a la especie en pie. Eran pocos los que podían escribir dos palabras, pero ya nadie las sabía leer, lo que hacia que la comunicación sea cada vez menor. Algunos habían empezado años atrás a improvisar nuevos lenguajes y dialectos, pero su espíritu vanguardista los aislaba día tras día, y la ira de la sociedad pronto acabo con ellos.
Al otro lado de los montes, los impacientes esperaban las calamidades que las escrituras ancestrales prometían, las cuales ya no podían ser interpretadas por la falta de escribas en esta zona. La confusión se hacia dueña de las almas, haciendo que el ocaso su civilización sea un hecho casi consumado. Los cañonazos de los que aun continuaban en pie de lucha, no lograron siquiera detener el avance de sus amigos, y mas débiles aun era para sus enemigos. No era posible su diferenciación, ya que los colores se confundían en la oscuridad de la noche, y el manto de sangre que bañaba con sus rojos labios toda la superficie cultivable, comenzaba a teñir los ríos que, aguas abajo enviarían la señal de desolación que se estaba viviendo por esas tierras.
La situación cerca del mar no era diferente. Morían quienes intentaban hundir las balsas improvisadas de quienes querían huir, victimas de temor a lo inevitable. Parecía que el destino estaba fijado de un lado al otro de la civilización.
El único bastión que aun no había caído victima de los horrores que el devenir estaba preparando, era el norte. Allí, se hallaban los mas voraces de la especie, que en cierto modo habían mantenido sus capacidades. Yo, que era parte de este selecto grupo, caminaba todas las mañanas en mi recorrida rutinaria. Pero hoy todo era distinto.
Una parte de mi alma aun se mantenía viva, con la esperanza de que, si el resto de la región cayera, nosotros podríamos continuar la existencia como los seres únicos, de tal forma que nuestra cultura se sobrepondría a tal catástrofe.
No habíamos perdido nuestra habla, ya que el sometimiento al resto de los vecindarios, nos había convertido en lengua oficial. Los medios de comunicación eran fluidos, y podíamos informarnos, informar y manipular sobre todos los estados de situación en la totalidad de la región. El agua manchada con la sangre de los que se ubicaban al norte, se había depositado en el lecho del río, y podíamos beber del agua limpia sin impurezas.
Por estos días nuestro destino estaba librado a la voluntad de un clérigo, que había ganado una reputación, cuando hace doce años había hecho sucumbir a un grupo de expedicionarios del norte, momento en el que se hizo cargo de la situación en el sur de la bahía.
Su ascenso al poder no había sido tanto por la fe que imponía a sus subordinados, sino que su ambición por dominar tierras y su instinto asesino lo había convertido en un ser despiadado, el cual no tenía compasión siquiera con los hijos de su tercera mujer.
Cada tanto había focos de rebelión, los cuales eran atacados con el poder de su sable, que derramaba hasta la última gota de sangre de quienes no aceptaban el perfecto estado de equilibrio al cual él nos sometía de manera dulce y fraternal.
La última revuelta, había ocurrido hace cinco años exactamente. En una fría noche de julio. Siete hombres de una legión que habían jurado defender con su vida al clérigo, forzaron la guardia que impedía el paso al ferrocarril que los sumergía dentro de la tierra, y los llevaría al destino final, donde él reside. Una vez dentro del vagón que los llevaría al destino final, dieron a andar la máquina, la cual tras un golpe de potencia, aceleró bruscamente. El aire se había comenzado a viciar, ya que la misma estaba preparada para cinco personas, y el oxígeno estaba siendo consumido en demasía por la cantidad de pasajeros. Las cámaras lo habían capturado todo, y mientras ellos estaban en su viaje victorioso, un ejercito los estaba esperándolos en la parada final. Pero no fue necesario el ejercito para destruir el golpe comando. Llegando casi a la mitad del túnel, uno de los hombres no soporto el temor a ser ajusticiado por el temible clérigo. Se imaginaba como su cabeza rodaría por la plaza central, tras horas de torturas. Podía sentir el olor a su carne como se iba quemando poco a poco mientras sus últimos suspiros como hombre se evaporaban en la hoguera. Había llegado al punto de no poder contener su estupor, y en un segundo de pánico, arrebato las seis cabezas de los seis cuerpos, los cuales ya no constituían una integridad. Del héroe de esa rebelión, se recuerda el rodar de su cabeza, con todos los honores por haber salvado en ese momento a nuestro clérigo.
Hoy se sentía que no se corría la misma suerte. El sol no había salido como todas las mañanas, demorándose una hora en su llegada habitual para este día, lo que nos hizo dar cuenta de la gravedad de la situación.
El clérigo, tras doce años en el poder y debilitado en su persona, se había hecho de un potente arsenal que amenazaba con pulverizar a quien osase atentar contra él y su régimen. Solo se rodeaba de algunos cuantos bufones que de a ratos le estiraban la deshidratada piel de su desfigurado rostro, en una leve muesca de sonrisa.
Nosotros vivíamos bien. Nuestras familias podían hacer las dos comidas que el ministerio alimenticio recomendaba para estar saludables y los ancianos morían a la edad de cuarenta años, tras una larga y agradable vida, aunque la monotonía no nos sentaba del todo a gusto. El clérigo, hombre que había ya superado los sesenta años, era considerado un hombre sabio, que de una u otra forma había logrado vencer a la vejez, aunque su ocaso resultaba casi inevitable.
De todos modos, hace días que todo había dado un irremediable e inesperado giro, y todo el orden que estaba ya establecido, parecía estar montado sobre un delgado y añejo cable. Quienes sostenían los hilos del ya demacrado clérigo, habían comenzado poco a poco a deshilacharlos. Los alegres hombres que en las montañas del norte lo apoyaban en todas sus actuaciones, y que durante años habían enviando a este rincón las provisiones de alimentos y agua que nuestra ciudad consumía cotidianamente, habían sido ejecutados por sus súbditos, los cuales en una desesperada desorganización, se inmolaron con ellos, borrando toda sonrisa. En altamar, se hundían en sus precarias balsas los Duques de las Costas, que en los días fértiles proveían del pescado y las delicias del mar, junto con el descanso y la tranquilidad del infinito océano. Lo pequeños seres que habitaban el bosque, y que con su labor cotidiano aportaban frutos, verduras, tabaco, alcohol, y otros derivados de la tierra a nuestro pueblo, al comprender lo que estaba sucediendo en la región, se internaron en lo mas profundo de sus cavernas, lo cual facilitó la tarea al no tener que cavar sus fosas, ni las de sus hijos.
En este día, todos ansiosos estábamos esperando la aparición de nuestro clérigo. Después de todo, el fue quien nos condujo hasta estos momentos, y nunca se ha desalineado de lo que las escrituras ancestrales imponían a nuestro conflictivo presente. Esta tarde se nos diría cuales serían los pasos a seguir, para evitar perecer a todas las calamidades que el cruel destino no impartía.
Había transitado durante la mañana la ruta que me comunica con la plaza central, y el agotamiento que esto me había generado me sacaba en cierto modo las ganas de permanecer ahí, a la espera de los anuncios. Pero pensaba en mis hijos, los cuales deberían estar jugando en el patio de la casa, como otros tantos días. A la madre de ellos, tratando de que en sus quehaceres en el trabajo, le permitiera llegar al menos no lo suficientemente tarde como para poder enseñarles algo, ya que las escuelas habían sido cerradas hace tiempo atrás.
Eran casi las cinco de la tarde cuando la multitud se agolpaba en la plaza central a la espera del ferrocarril, en el cual llegaría el clérigo para emitir su veredicto, e impartir nuevas órdenes. No había caído aun el sol, cuando por fin sucedió. Al hacer su aparición el clérigo, la gente lo proclamaba como el padre y guía del pueblo, sin dejarlo emitir sonido alguno. Esto duro aproximadamente veinte minutos, lo cual le facilitó la tarea al anciano, cuya voz era mas débil que la de un gorrión que ha caído de su nido.
Una vez aplacados los ánimos, la multitud quedo inmóvil por fin, y a la espera de un sermón. Pero sorpresivamente y sin mediar palabras, el anciano levanto su antiguo y deteriorado trasero del sitial que lo contenía, y levantando la mano en cordial saludo a la masa, quienes iban a emitir su comunicado, se dieron a la fuga de manera lenta y burlona. Fue difícil entender la casa por la cual este hombre que nos protegió tanto tiempo había tomado tal actitud. Pero la respuesta fue inevitable, y en ese momento la gente comenzó a solicitar fuertemente el discurso, lo que fue entendido de mala manera por quienes ejercían la celosa custodia del clérigo.
Dos personas vestidas de un extravagante uniforme, corrieron junto al clérigo hacia la maquina ferroviaria, mientras el ejercito de traje azul rosado, intentaba contener a la multitud, ya descontrolada y enardecida.
Preso del terror y con un gran temor a la muerte, me introduje en una boca de tormenta, lo cual me permitió salir de aquel sitio, y evitar de esa manera lo que parecía poner fin a mi vida. Cerré bien la tapa por la que había entrado a las profundidades de la ciudad, para que nadie intentase tomarme por sorpresa. Salí a cincuenta metros de la estación en la que aún estaba detenido el ferrocarril, y habiendo pasado por debajo de la guardia de protección clerical. Me alcé por una escalera de emergencia al vagón, cuando de repente este se echo a andar por el interminable túnel.
El viento me golpeaba fuertemente en la cara, y cada centímetro que avanzaba, me penetraba por los poros de la piel, filtrándose hasta mis entrañas.
No había pasado cinco minutos, cuando desde la entrada al túnel se avistaba un relámpago que calcinaba mi retina, acompañado de un gran temblor, que tras una fracción de segundo, se había transformado en un ensordecedor golpeteo de tambor, produciendo en mi alma un fuerte escalofrío, junto con una perdida momentánea de conocimiento.
Pude abrir los ojos, mientras permanecía en posición horizontal mirando el techo del túnel, intentando recobrar fuerzas para movilizar mi golpeado esqueleto. Pasaron treinta minutos más ahí arriba, cuando volví a respirar aire con una cantidad de oxígeno que me devolvía fuerzas, o por lo menos me daba la sensación de que aun no había muerto. Era el final del túnel, y al observar a mis costados, la paz de los verdes e incansables prados, por los cuales alguna vez había soñado, pero que hoy eran desconocidos por mi, vi como a orillas de un mar anónimo, se erguía un enorme castillo sustentado por las piedras que faltaban al extenso túnel, algo que habría de generar orgullo al alma creadora, pero que hoy se veía devastado y desolado.
El tren por fin ingreso en el y se detuvo, y los dolores que el viento me habían producido, pronto se habían extraviado en los confines de mi cuerpo.
De adentro del vagón, bajo solo el clérigo, el cual camino unos cuantos metros, subiendo altas escaleras, hasta depositarse en la parte mas alta de la bahía. Pensativo, se sentó en un antiguo banco tallado con hojas de acanto y rematado con pequeñas flores de lis, y tras un largo rato de meditación bajo su cabeza, como quien se lamenta sobre algo que ha ya no existe.
A paso muy lento, me aproxime a él, con rostro comprensivo y fraternal. Era la imagen de un anciano, que espera pasiblemente la llegada de su sepulturero, con una pala en sus manos. Intente abrazarlo de algún modo, cuando de entre las mantas que cubrían su precario cuerpo, asomaban sus resecas manos, las cuales se hacían imperceptibles al estar teñidas de un color rojo muy fuerte.
Al levantar mi mirada, se iluminaba el enorme espacio central que el gran edificio tenía. Di una vuelta con mis ojos, a lo que mi cuerpo se había sumado, cuando una fuerte sensación de vacío comenzó a apoderarse de mi alma, entendiendo doce años de nuestras vidas en un instante de conciencia.
La noche iluminada pronto cambio mis antiguas percepciones. De lo que veía color verde, pronto se teñía de amarillo, y los colores oscilaban de un lado al otro del espectro cromático.
Ví a lo lejos que nuestro arroyo inmaculado por largos siglos, dando de beber la vida a nuestras tierras, había sido profanado. El agua impura que durante años habíamos bebido había cambiado su color, y la sangre que la manchaba era la nuestra. En el centro, un campo de juego mostraba como las esferas con las que jugábamos al deporte nacional, no eran mas que las cabezas redondas de lo que alguna vez, creímos que serían quienes continuarían con nuestra labor de preservar la especie. Colmado de dolor y rabia, vi a un costado del clérigo, la mano tendida de un amigo que hace tiempo creía muerto, al cual ya casi no podía reconocer por las destrucción que su pequeño y descuartizado cuerpo poseía, y a quien sus costillas se exponían como filosos cuchillos del mejor acero que jamás se había fabricado.
La última insubordinación, la ejecuté yo. El clérigo se había desvanecido víctima del cansancio y su despiadada labor asesina. Aun no había logrado entender que es lo que había ocurrido con mi antiguo amigo, ya desconocido, cuando hundí en el alma del anciano, la costilla arrancada del cuerpo que yacía en el piso. El viejo había expirado, y ya no consumía ni el mas mínimo volumen de oxígeno, y alzándolo en mis brazos, lo arroje hacia un lejano solado marmóreo, impregnando lo último de su existencia en un grabado ya inmortal. Al observar a mi alrededor, caí en la cuenta de que mi actuación había llegado demasiado tarde, y lanzándome al vuelo de un águila sobre el precipicio rojo que nos protegía de los ataques externos, me había dado cuenta de que mi último logro ya no tenía humanidad para compartirlo.
Carlos Vila
