miércoles, 1 de octubre de 2008

El umbral de las razas.

Al principio los hombres y mujeres se deleitaban de la vida por doquier, sin ánimos de ofender a quienes los obligaban a cabalgar en el profundo tugurio de las tinieblas.
Más tarde, comenzaron a aparecer en los momentos de glorias, algunas diferencias acerca de cómo se debía recrear el mundo, y luego de eso, vinieron las razas.
Según parece, todo comenzó en África.
Pero todos sabemos que la mayor mentira es que África fue un continente. Queremos verlo pero no está, por lo que suponemos en algún momento su existencia.
Hasta aquí nada nuevo se nos presenta, sin más lugar a la evolución darwiniana.
Pero es cuando los carnales y los pensantes se dividen y ejecutan el plan sistemático mas ambicioso en la historia de la humanidad: Romper con los hilos de las familias.
Todos se preguntaban si acaso estos hilos eran los que mantenían en suspenso a los seres que no podían habitar otra cosa que no sea el núcleo, pero más tarde estos hilos se empezaron a apoderar de las almas sin consuelo, dando lugar a la gran debacle universal, incluyendo a los que se suponían del espectro gerontásilo.
Es entonces que aparece la primera “ñ” en esta historia y el idioma se bifurca una vez más, dejándonos otro vacío impensable a estas alturas.
Quizás por demagogia o por oportunismo, las mujeres empezaron a sentir ese fulgor que les repele el alma, y el poder por sobre los hombres había acaecido.
Sin embargo el machismo, las dominó con la más vil de las fortunas, y las hipnotizó en un sueño de ironías.
Había pasado más de lo que uno creía necesario, cuando nuevamente los pensantes se habían impuesto, dando libertad, pero de la ficticia.
A diferencia de las historias contadas con religiosas, esta no tiene guerras que se han visto. No son de las guerras palpables, ni siquiera se las podría denominar guerras frías.
Fue la ignorancia la que dió luz a los carnales, que poco a poco se habían consolidado cuan capa de ferrite en la roca, dándole a los pisos un hermoso e inconfundible color rojo.
Lo que mas confundió, no fue el rojo, sino la virulencia con la que se impuso, lo que empapó de temor a los carnales, los cuales huyeron si mas que una mirada y un pedida de disculpas.
Ahorrando dinero para poder viajar a la selva, los carnales pudieron emanciparse de las nostalgias y decidieron volver a la naturaleza, tal como les fue entregada.
Al día de hoy, pensando en los futuros perdedores de la gran apuesta, no ha habido ganadores, sino que se perdió la virginidad del alma, y el carnal está por encima de la misma, lo que lo pone en una situación de placer mayor, aún si tenemos en cuenta a los seres que intentan la resurrección de la carne dura por medio de la fraternidad e igualdad.
C.V.

lunes, 8 de septiembre de 2008

La doble opresión de la sacerdotisa judía. (hacia un nuevo Evangelio)

Por las mañanas se levanta a hacer el desayuno.
Al mediodía detiene su reloj para realizar el almuerzo.
En las tarde se despierta de su siesta para preparar la merienda, y se acuesta muy temprano porque tiene que lavar todos los utensilios de cocina que utilizó para hacer la cena.

Al leer esto, uno piensa si esta es la vida de una mujer para ser sacerdotisa...
No, señores, esto es una vida de mierda.
Curas pedófilos, madres cuyos senos se han deslechado, y una vida de sometimiento para una doble sacerdotisa.
Entonces decimos al unísono..

"Nos las sacerdotisas, en esta asamblea de senos lecheros
queremos reivindicar nuestro valor como mujer...
Porque somos mujeres y queremos ser sacerdotisas.
De la curia hasta la cueva, nos escondemos de las flechas
enemigas de los falos andantes, de los pies errantes, del caminante
sin rumbo, y que a pesar de los Martín fierro,
la huella siempre será de burro."


Si una mujer, como sor Juana le costó la cruz, para su inerte cántico de alabanza, es de imaginar a los que sin causa, y por temor a la coraza, se desaniman de la andanza del camino de los pobres.
Y surgen los secesionismos de las monjas y las gatas.
Las gatas caminan por las cornisas. Las monjas por los túneles.
Unas son palomas. Otras ratas.
Las palomas vuelan. Vaya obviedad, pero quien juzga lo obvio dentro de lo corriente...
¡A ver si algún imbécil se anima a decirme que escribo a derecha, porque mi mano esta torcida!
¡Grito en llamado de atención!
Este es el principio de todo. Aunque muchos esperan que este sea el final.
Y las sacerdotisas una vez más nos dan el ejemplo de que están al pie del cañón.
Ellas estaban limpiando las balas de los cañones que mataron a los americanos, europeos, rusos y a los nazis también.

Un Momento, no se detengan a escuchar lo que viene de afuera.
De allá vendrán rumores e incertidumbres, que nos dejaran sordos y no podremos ver más allá de nuestros oídos.
Vaya paradoja, creerá usted, pero yo le digo.

Las monjas han luchado en cancha rayada. Ellas son las heroínas de los siete mares, y las que han puesto su virginidad al servicio de la conquista del mundo.
Y ahora yo le pregunto: ¿Cómo podemos hacer para cubrir este acto tan vil de mercenarismo asociado al estado de derecho?

Una vez mas las respuestas las tiene la Curia (que no se diga, pero la pedofilia de los sacerdotes es insostenible) y como buena curia se ponen de acuerdo con los "capos" de las otras religiones.
Y surgió así, la necesidad de discutir el papel de la mujer en la religión.

Estos capos, que antes sacrificaban "indios" en América, desde las torres, ya no del sol, sino de Jesús, juntos con los de las sinagogas, que vendían su sangre al mejor postor, se asocian con los musulmanes, parados en el templo de la roca, como si ese elemento inerte e inmóvil estaría presagiando los destinos que deberían ser objeto del próximo ataque.
Bien todo esto puede ser pura palabrería de estereotipación y bufonería, de tal forma que haría reír al mas imbécil de los simios.
Pero el hecho es que en este acuerdo, los tres capos de las religiones se repartieron el Mundo en parte equilibradas. Pero, como siempre sucede, a alguien perjudicaron, dejando fuera del negocio a Buda.
Buda hizo un hechizo mágico, que causo temblores en todo el mundo, lo que más adelante han dado a conocer como la tormenta de Katrina, casualmente, monja Judía.
Y la fuerza se hizo sentir.
El mundo ardió. Si, ardió.
Y de esa lucha surgieron los idiomas.
El mas común, el catalán, se hizo tradición por ser el más hablado, y de eso surgió el tan conocido español.
Y la nueva babel se tiraba por el excusado.
Después no hubo más que silencio, y se repitió una y otra vez, la marsellesa, hasta la llegada del ejército ruso, los cuales al mando de León Trostky no tuvo más remedio que burocratear.
Y la armada, se armó.
Y el hielo heló.
y el caminante anduvo.

Este texto, como todo texto bíblico, debe entenderse como tal, para no generar discordia.
Prosiguiendo, nuestro mesías, que ya tenía el lenguaje adulto, sufrió un sincope.
Y comenzó una nueva historia.

Al tiempo de que por tercera vez, la especie humana viviera un nuevo holocausto, fue cuando surgió de esta sociedad, una nueva raza de mujeres que exigían ser sacerdotisas.
Al mando nuevamente de Sor Juana, se hicieron valer y pudieron obtener así, su derecho al celibato y a otras miserias humanas que por ahí andan repartidas.
Esta paz duro alrededor de dos mil años. Hasta que las monjas judías decidieron apartarse nuevamente del camino, y se fraccionó ese gran bloque en dos:
Las monjas catolicamahbad y las judías.

Durante otros dos mil años siguieron divididas en duras batallas, hasta que las catolicamahbad se separaron, y volvieron a quedar en tres partes como en sus inicios.
Tras quinientos años de guerra, las católicas se alzaron en el poder. Pero este no fue absoluto.
Se habían olvidado de los hombres, seres despiadados y sin sentimientos nobles, los cuales para ese entonces, habían llegado a la Luna, y quedaron sometidas a la voluntad del macho dominante.
Y finalizó así setenta millones de años de evolución sauria, con tamaña estupidez.
Yo no quiero creer en esta realidad, porque es pobre. Pero no me deja alternativa.
La odiamos, pero es una necesidad vivir con ella.
Es el oxígeno, aunque respiremos nitrógeno.
Es el agua, aunque tomemos cianuro (cuando esta líquido).
Es el vino, aunque no tomemos vino, solo lo disfrutemos.
Un mundo de pluralidades redundantes y autocontenidas, que se resume en una monogamia insostenible para cualquier ser humano.
Y nuevamente quedo dividido el mundo.
Ya no recuerdo las divisiones, pero si las posibles alternativas del exterminio final.
Es que por un instante, la curvatura del universo me permitió correrme en el tiempo, y sin más que moverme a mi izquierda, llegue hasta el momento mismo del fin de los días, donde me pude verifiar en qué lugar había dejado cada cosa.
Y lo sucedido, sucedió.
Menos mal que tenía pañales, porque cuando llegue me di cuenta que un yo con tres años, no podía contener las incansables ganas de orinar en un bidet.
Y el mundo, siguió. Pero ya sin mí.
Carlos Vila.

miércoles, 9 de julio de 2008

Héroe



Los días de agosto tienen esa particularidad de no ser reconocidos por el sol radiante.
Este agosto no iba a se la excepción, y nada iba a cambiar si del tiempo dependiera. Similar al rodar perpetuo de nuestro sol en el universo, sentenciados en nuestra rutina del trabajo cotidiano, combustible que aceleraba el paso del tiempo y la reacción del espacio vacío que llena el alma de los que compartimos el día.
Llegaba el viernes, y en la ilusión de libertad conferida a este día se acrecentaba en las almas y nos hacia suponer que la vida florecería a la salida del banco.
No a todos les gustaba el trabajo bancario, la rutina que conlleva a la falta de aspiraciones intelectuales y espirituales, nos dejaba a todos de algún modo con la mirada sobre la parte vacía de la fuente. Dentro de los adjetivos que de una u otra manera nos imponíamos para reconocernos, yo era algo parecido a la reserva moral del piso, quien conservaba los estribos en esta marea inimputable desde todo punto de vista.
Entre todos los que convivimos con el crujir incesante de los engranes de esta maquina financiera, algunos habían adquirido, por opción o por obligación, el adiestramiento necesario para realizar las tareas mínimas que se nos exigían.
De todos modos, había excepciones, y Al-Berce era una de esas. El con sus incontables limitaciones e ineptitudes nos demostraba que con esfuerzo todo quien se lo propusiera podía llegar a ser reconocido en la vida; le daba impulso a la vida de los demás, demostrándonos cuan bueno nos puede resultar el destino, aun hacia el mas carenciado. Igualmente, las orejas de Al-Berce no dejaban de sorprenderme. Su similitud a un ratón, en plena acción de roer su pequeñísima porción de quesito fresco, y sus manos llenas de anillos, nos hacia a todos recordar cuan grande era ese pequeño hombre. Un modelo a seguir en nuestra querida Institución, que mas que sostén nos ofrecía un apoyo sólido.
Nuestra ubicación dentro de ese enorme edificio era privilegiada, ya que gobernábamos toda la periferia desde nuestras ventanas opacas. muy por encima de la realidad que especulaba con la vida de los demás.
Los sucesos que voy describir a continuación han modificado mi percepción de la realidad, y ha cambiado en mi, la forma de entender los actos de heroísmo y virilidad.
Hasta este día la rutina nos consumía con el único combustible fósil que se puede hallar en las zonas céntricas de los grandes conglomerados, y hoy un nuevo motor surgía de lugares que aun no entendemos.
La revolución que habíamos buscado durante años se nos presentaba ante nosotros, viendo nuestro estandarte alzado en brazos de ese cómico y siniestro, pero representativo personaje.
Eran casi las cinco de la tarde de este viernes, y preparados todos nosotros para salir, nos enteramos que por la “Gran puerta” entraban a nuestros aposentos cinco hombres que de solo observarlos por nuestras pantallas nos causaban la impresión de que el dolor se apoderaría de nosotros, y comenzábamos a palpitar que el final de este día no iba a ser como los demás.
Todos sabíamos que nos íbamos a ir de forma distinta a la que habíamos entrado al edificio, pero renegábamos de la inmediatez de los hechos.
Los cinco hombres posicionados, alzados casi con el botín, que horas antes contabilizaban los empleados de la saqueadora empresa, se disponían a retirarse sin la mas mínima resistencia. Pero es que los hombres son llamados a ser héroes, y la voluntad divina lo ha determinado así, que Al Berce, en la oscuridad de nuestros tugurios, encomendó a los agentes de la ley, la enorme tarea de evitar el defalco. El pánico se apodero de los hombres, que ya en acto de infortunada confianza, brindaban sobre si mismos, ya sin sus mascaras cubre identidad.
También en nosotros comenzó a rondar el temor, y este se fue haciendo dueño de nuestros almas y espíritus.
Había salidas posibles, pero la mala actitud de los ya desencapuchados cobardes, confrontativa con la ley y el orden, desencadenó la locura mas inesperada de nuestras vidas y que yo recordaré como el momento en que un hombre se transforma en héroe.
Las palabras comenzaron a entrar en ebullición, y no faltaba mucho para que todo finalizara.
Nosotros estábamos agazapados en nuestros lugares de trabajo. Dos pisos nos separaba de la acción que se estaba desarrollando, y solo recibíamos las amenazas de la explosión final en la que se inmolarían los desencapuchados y acabaría también con los dos hombres que trabajaban codo a codo con nosotros.
Hubo un fuerte debate dentro del seno de nuestro grupo, ante la exigencia de que se necesitaban tres personas para salir con los hombres y el botín, lo que nos obligaba a incorporar al staff en pugna uno de nuestros mejores y mas valientes hombres o mujeres.
Todos queríamos ofrecernos. No había hombre ni mujer que no pudiera soportar la idea de ser el representante de los representantes entre nosotros.
Había que elegir, y para no generar ningún tipo de diferencia, deberíamos llamar al azar para que con su mano, nos de la luz que necesitábamos para que nuestro camino sea visible.
El azar, inconfundible mano desauseada, que nunca diferencia entre rudos y débiles, me había seleccionado como el elegido entre todos a dar apoyo a los demás mártires de esta historia.
Todos al unísono, habían querido convencerme de los peligros que acarreaba esta decisión, a lo que yo en porfiada discusión defendía lo mas que pude.
Tres veces mas habíamos elegido nombres de manera azarosa, y cada vez eran mayores los pleitos que esto generaba.
Finalmente el azar, supo poner los ojos en quien inquebrantablemente cumple los destinos que les han sido asignados. Se lo notaba perturbado, dubitativo, pero sabia él que lo mejor era enfrentar los sucesos para ponerle fin a este letargo. De todos modos y luego de la unanimidad de opiniones habíamos decidido el futuro de nuestro irremplazable compañero.
Como no podía ser de otra manera, yo mismo me ofrecí a ayudarlo, y entre un baño de lagrimas le sujeté sus pequeñas manos y suavemente le coloque sobre su boca el paño que evitaría cualquier sonido que le impidiera ver lo importante de su tarea.
Todos lloramos como si nos estuviéramos despidiendo de él, pero sabíamos que su labor nos honraría por mas allá de todo. Y acompañándolo hasta el ascensor que lo depositaría frente a su improvisado tribunal, cargue su dolor y seque sus lagrimas.
Viendo en un último intento desesperado de escaparse del destino por parte de él, alcance antes de llegar al nivel de conflicto, a decirle las siguientes palabras que creo son las que lo han acompañado mostrándole que el era mas que un amigo:

- Acá no se trata de hombres. Acá se trata de héroes. Los héroes que poblaron nuestras tierras, los que han defendido nuestras familias, los que han forjado la herencia de nuestras naciones. Esos que sin fijarse a quien, han dado su vida para que los demás puedan continuar con la suya. Los Mesías anónimos de nuestros tiempos.
Hoy sos vos el cordero que serviremos en nuestra mesa.
Hoy empezamos a contar los días de cero. A eso hoy, te llamo a vos el destino, Berce.

Se escucho una ráfaga, que nos heló la piel. Después no hubo mas que silencio hasta la llegada del lunes.
Carlos R. Vila
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jueves, 22 de mayo de 2008

La última lectura (ensayo)

Comencé a leer el libro desde el final, como me había recomendado un amigo, siempre de derecha a izquierda, como si fuera una especie de reloj invertido, el cual con el tiempo y el oficio de a poco le iban quedando menos horas que contar.
Día tras día la lectura se iba haciendo mas simple, y aquellas prosas por las cuales me deleitaba casi toda una tarde de a poco se iban transformando en pequeñas oraciones, pasando a ser palabras para terminar en una simple vocal.
Aquella tarde leyendo el cuento “e”, me di cuenta que el aburrimiento se había apoderado de mi. Poco ya recordaba de la lectura del capítulo “a”. Lo creí tan lejano como extenso.
Sin ir mas lejos – creo que irónicamente utilizo esta palabra – podía viajar a lugares muy remotos en un vuelo de pescado.
Los años me fueron enseñando que debía aprender, algo mas que lo que estaba leyendo últimamente, pero “e” se me hacía muy pesado. No podía concluir un solo párrafo más. Creo que poco a poco se me fueron los pensamientos, solo recuerdo que en un momento el mundo empezó a sentirse frío. El frío se comió mi orejas.
Cada día que envejecía empezaba a utilizar solo las palabras que me habían sido aprendidas en los últimos cinco años, por una de esas cosas raras de la mente humana.
Habrá hace tiempo que hay mas palabras que rancheras.
La aparcadera hace rata que estén camella. Asas serán las que de algas me he de cenar.
He de preparar la cama para amasar. Que rara seré en el fin.

miércoles, 16 de abril de 2008

Inicio del Juego

Algunos de ellos, a veces se paran sobre sus dos patas traseras, erguidos en toda su magnitud, demostrando el poder que tienen dentro de su especie. Son como si fueran simios que en algún momento se soltaran de sus lianas y saltaran sobre sus presas, las cuales por lo general son aquellos orangutanes a los que el censor no les ha tocado la puerta.

Sin embargo a pesar de toda esta grandeza con la que viven, son acechados una vez cada veinticinco días por un torbellino de Chispas que provienen del norte, el cual como todos sabemos, esta en llamas desde la última estación que el amor no supo como controlar. Chispas, traen agravios de todo tipo, lo cual hace huir despavorido a la raza de los documentados, que ni por asomo se atreverían a toparse con Chispa.

De Chispas, Chispa 554.335 es el líder espiritual; Chispas le deben el mayor de sus respetos.

Si Chispa se revela, es obligada a apagarse inmediatamente, y debe volver al norte, en señal de Castigo. Chispa castigada, no puede volver nunca una antes de arder tres veces en lo que ellas llaman Invierno.

Tras cinco años de apariciones y sequías por parte de Chispas, los documentados toman la decisión de para poner fin a sus ataques y así declararles la guerra hasta que algunas de las dos especies se extinga.

Chispas... y más Chispas.

domingo, 14 de octubre de 2007

...lunes.




Días como estos han sucedido a lo largo de todos los tiempos. Diferencias que a veces solo se hacen perceptibles cuando se trata de plasmar los sucesos en una línea temporal.
El recuerdo incansable de aquel ya lejano comentario, que perduraba para siempre en mis oídos, de quien me acompaño a lo largo de 20 años en este escritorio, diciéndome de manera inequívoca, y haciendo eco en mi interior como el agudo sonido de una piedra cortando la tensión superficial de un espejo acuático, de que mas allá de nuestra inagotable negación, la muerte nos asecha. No era la pesadez de esas palabras las que me causaban el mayor estremecimiento, sino mi extensa rutina que día a día se prolongaba logarítmicamente, condenándome al dolor que genera la idea del infinito en nuestra limitada imaginación.
Como todas las mañanas, la llegada a la oficina de la calle Bartolomé Mitre, me dejaba ese sabor amargo que se huele en las casas abandonadas, o el olor del hollín, que me recuerda a las pocilgas incendiadas, a las cuales la humedad y el paso del tiempo, les impregnó ese gusto rancio que despide la leche cuando permanece estacionada al sol durante un prolongado numero de días.
La entrada por la puerta secundaria, me hacia sentir como una mas de las ratas que, incógnitamente habitan durante las noches los tugurios del edificio, al tiempo que la ciudad se sumerge en el breve sueño cotidiano.
Como un roedor alquimista, que con sus afilados dientes intenta transformar trozos de papel en su preciado festín, me precipitaba sobre el escritorio que me había sido asignado tras largos años de permanencia. Como todos, imaginaba un mundo fuera de aquella madriguera, que con su calor maternal nos invitaba a dejar nuestras vidas a su servicio. Mi sueño de llegar cada vez mas lejos coincidía con el de todos mis compañeros, que esperando su gran oportunidad, trabajaban casi a desgano, con sus miradas perdidas en el fondo de sus pantallas.
Andrea, que fue mi compañera a lo largo de los años, tomaba muy en serio su trabajo. Temía una represalia por parte de su jefe, quien la había amenazado de manera implícita al dejarla en condiciones laborales inferiores a las que el resto de nosotros.
Un día me había contado que Susana estaba planeando un viaje a Europa, y que habían obtenido ya todas las credenciales que le solicitaban para tener libre paso por la totalidad del viejo del continente. Ella había planeado un extenso recorrido, que comenzaba por la ciudad de Madrid, conociendo la cultura que ha dominado estas tierras por siglos, sin olvidar ningunos de los castillos reales deleitan a miles de visitantes del mundo entero. Seguiría por el interior de España, hasta llegar a Barcelona, atravesando los principados de Andorra, bañándose en las playas del Mediterráneo, hasta definitivamente enamorarse en Paris, donde perduraría por siempre de la mano de su dulce amado, el cual ya no recordaba su nombre.
Pablo, que era un rígido conocedor de la antigüedad, se había prometido conocer las maravillas de la antigua Grecia, penetrando en la Acrópolis, como de alguna manera lo habrían hecho los turcos hace unos siglos, arrasando con miles de fogonazos los tesoros mejor guardados y más profanados de aquella cultura. Posteriormente pasaría por Los Alpes, y atravesando los paisajes naturales, llegaría al norte de Italia donde conocería todo lo que alguna vez fue un basto Imperio, permaneciendo en el corazón de él, hasta el final de su existencia.Constanza, cuyo padre había muerto por un tiro en su cien, luego de que apostara en el hipódromo su seguro de vida, estaba esperanzada en que desde el gran nuevo Imperio le llegase una tarjeta de color, que la enviaría hacia un futuro casi asegurado. Sus piernas esbeltas y armónicas, las cuales se prolongaban a lo largo de toda mi imaginación, remataban en dos semiesferas casi perfectas, desde donde comenzaba su fina cintura. Hacia arriba, entre su torso dulce y suave, se dejaba entrever sus senos maternales, que de alguna manera me transportaban hacia mi infancia más noble, e imaginaba sus cálidas manos acariciando mi rostro inmaduro, con la delicadeza que una madre transmite en un mar de afecto a su hijo recién nacido. Sus facciones no eran mas que una repetición de sus cualidades físicas, que sin embargo, el paso del tiempo no la había afectado en lo mas mínimo
Mis aspiraciones no eran menores. Había soñado alguna vez con la América latina de los conquistadores, en pisar las iglesias que habían erigido con mano de obra esclava, quienes en nombre de dios arrasaron con los últimos destellos de una civilización ya perdida.
Estaba en mi imaginario la llegada a las Islas del caribe, ultimo eslabón latinoamericano, que me cruzaría hacia el antiguo mundo, donde me esperaba “el conocimiento”, la fortuna y también, porque no, la diversión, algo que me haría olvidar por completo el rutinario correr de los días. Mientras tanto, la plaza de los dos congresos, el antiguo café el molino, – que de café ya no tenía nada – del cual solo se conservan algunas de sus aspas, el cartel del "Instituto del Pie" seguían siendo los patrones que me indicaban que mi jornada había comenzado.
Mi escritorio color marfil, que con el correr del tiempo se había marchitado como una lagartija echada al fuego, me indicaba cual eran mis tareas asignadas para ese día en particular, las cuales permanecían extendidas a lo largo de la interminable superficie. Bastaba con prender el ordenador y la rueda de un destino ya enunciado, comenzaba a girar. Los bordes del mismo, en una madera maciza que alguna vez intentó ser un roble de excelente calidad, hoy estaban reducido a muestrario de quemaduras, símbolo de una época en que los pulmones ajenos cotizaban menos que el beso de un anciano sin dientes.
Saque del cajón la lapicera que me había regalado una amigo antes de partir hacia Australia, y del cual hace dos años no había tenido noticia, por lo que supuse que en el mejor de los casos había sufrido un naufragio al llegar a las costas africanas. Cerré el cajón, que de vez en cuando se atoraba al intentar sacar algo con celeridad, algo que con los años, me enseñó a tratarlo dulcemente, acariciándolo en cada expulsión del fino tirador.
Abrí el cuaderno donde escribo todas las mañanas mis quehaceres cotidianos. Las hojas me mostraban el interminable transcurrir en este sitio. Algún viaje donde había tenido que vagar por la ciudad durante toda una tarde, o las siluetas de un edificio en Tandil, que creo se termino hace meses atrás; las fachadas que alguna vez había imaginado para unas viviendas en Núñez, o las cúpulas vidriadas, que un hombre de poca imaginación y mucha celeridad con sus negocios me había encargado últimamente, y al cual nunca le envié respuesta alguna.
Al fin llegue extendí las hojas donde debía "acomodar" los muebles de algún lugar remoto, los cuales como oficio de rutina se desplazaron a lo largo del dibujo, hasta llegar a su posición final, para alegría mía y desgracia de quienes debían habitar esa insoportable yuxtaposición de ideas. De cualquier modo, tarde o temprano no solo terminarían haciéndome responsable de lo realizado, sino también de las crisis cíclicas a las que se ve sometida la economía del Sudeste Asiático.
Al sonar el timbre del teléfono, ya doloroso para mi espíritu, lo hacia de manera tal, que quien estaba al otro lado del auricular podía sentir el desprecio que el apaciguador paso del tiempo genera en los seres humanos, y lo poco que de ello le queda. Alzaba el auricular en mis manos, con un sutil giro en el aire de ciento ochenta grados, que lo depositaba a un costado de mi rostro. Movimiento inverso se daba a los pocos segundos, sin mayores novedades.
A veces, al tiempo que mi interlocutor me comunicaba algún suceso, que realmente ya no le interesaba ni a él mismo, imaginaba como estarían en esos momentos la llovizna sobre la capital Inglesa, o tal vez la bruma y el hollín estaría en este momento, opacando la hermosa y centenar torre que les muestra a los londinenses el incesante transcurrir de su era, transcurrir que se imaginaba con la gente en los micros de doble altura y la velocidad que le impone a esta ciudad imaginaria el ferrocarril subterráneo.
La mañana pasaba, como los días de hibernación de un animal, solo que la ausencia de la jefa en un tiempo que superaba lo previsiblemente lógico, nos hacia pensar que algo distinto podía haber sucedido. Creo que en el fondo cada vez que pasaba algún retraso de nosotros, esperábamos que algo haya sucedido, algo que de alguna u otra manera nos prepare para la ejercitación mental, a la que ya nos habíamos desacostumbrado.
El mediodía se acercaba y la ausencia comenzaba a hacerse mas preocupante. El comentario de Andrea me había dejado un poco sorprendido, al decirme que el día anterior, ella había visto a Etelvina, nuestra jefa, con dos hombres de brazo, algo no solo inimaginable, sino que nuestra adormecida imaginación no soportaba.
Como siempre que sucedia una ausencia sin aviso, no faltó el inicio de una especie de guerra fria de informaciones vanas, que hacian transcurrir las horas inesperadamente.
Las conjeturas duraron hasta la media tarde, momento en que una reveladora llamada, nos sorprendió a todos por igual. Un llamado proveniente del hospital, había informado, que una persona de apellido Gómez, había muerto como causa de un accidente de tránsito, y que inevitablemente, por su dentadura, la persona Gómez a la que se estaban refiriendo trabajaba en este lugar.
Etelvina Gómez, había intentado llegar mas temprano a la oficina el día de hoy, lo que le había costado la vida al intentar subir corriendo al ómnibus que la traería para consumar su perverso fin. Quizás la suerte, en uno de esos ataques de imprevisión, la habría impulsado a tomar ese ómnibus en lugar del que ella simpre aborda, aplastándole la cabeza sin piedad.
Fueron duros los primeros momentos. Todos comenzamos a recordar sus bondades, como siempre solemos hacer cuando sabemos que no volveremos a ver nunca mas a alguien, aun siendo alguien detestado por nosotros, como si la finitud de la existencia la eximiera de sus calamidades.
Pasaron dos horas, cuando todos debíamos emprender el retorno a nuestros hogares, y de esa manera terminar nuestro día, como lo hemos hecho a lo largo de los 20 años que nos precedieron. Aunque hoy todo era muy distinto. Nuestro azotador había muerto, aunque todos en ese momento padecíamos el síndrome de Estocolmo, y nos llenaba de pena la muerte indigna que ella había tenido.
Por una de esas hipocresías, debíamos ir a velar por la muerta, y a dar nuestro más sentido pésame a sus hijos y esposos, que verdaderamente me molestaban, no sé sí por su aspecto sucio, o por la solicitud de una ayuda económica para los nuevos carenciados de afecto maternal.
Lo que encrudeció el dolor en la noche, creo que fue la entrada de Constanza al recinto, lo que casi me hace estallar en lágrimas. Ella lloraba mucho, pues había tenido una relación muy estrecha con la difunta, tan estrecha como el escote pronunciado que vestía, el cual permitía una vez mas, deleitarme con sus duros y voluminosos senos.
La abracé y me hundí en un llanto junto a ella, deslizándome poco a poco sobre la suave curva que le delineaba el cuello, hasta que descansé sobre aquel escote, que me daba cobijo al mal momento compartido. Inmóvil ella, como una madre que amamanta a su pequeño niño, se refería con palabras dulces hacia quien yacía en aquel distante cajón, palabras que en mi mente comenzaban a se ininteligibles.
Pedro, Empleado ejemplar, quien nunca se cansa caer en gracia, aun en momentos inoportunos, hizo honor una vez mas a su reputación, interrumpiendo este momento tan preciado por mí, con su aguda y repugnante voz, similar a la de un eunuco que recién llega del quirófano
El resto de la noche fue como una fiesta, solo que se olvidaron de poner música, y los que se encontraban en ella, no hacían mas que invocar estrofas y versos estúpidos de personajes vivos o muertos, que para la ocasión, se sumaban al derroche inútil de salivas.
El amanecer, casi me sorprende pretendiendo llevar a su casa a Constanza. Ofrecí el mejor de los vehículos para transportarla, con las intenciones de decirle que en mi casa estaríamos mejor durmiendo solos y mitigando un poco el dolor que nos había generado el derramamiento de tantas lágrimas. Al fin de todo la vida debía continuar, aunque el dolor iba in crecendo por estas horas.
Su negativa me dolió en cierto modo. Pedro contaba con un lujoso automóvil, que no podía ser de otra manera, había conseguido gracias a los innumerables años de sacrificado esfuerzo, haciendo de mi solitaria noche, la hermosa culminación de este asqueroso cortejo fúnebre, donde el cajón comenzaba a despedir un olor, que inundaba a todo el vecindario.
Pensé que todo esto iba a durar quizás un poco mas. Dos días tal vez. Pero al igual que aquellos senos que ayer me pertenecieron solo por unos instantes, el velatorio, fue igual de efímero. Todos volvimos a nuestros lugares, y la jornada era como siempre de esperanzadora. Llegue unos minutos antes para ver como iban llegando cada uno de mis compañeros, pero note que todos estaban estupefactos, con las cabezas bajas mirando el piso duramente. Por un momento pensé que todo había cambiado y que el impacto que generó la idea de la muerte en las cabezas de todos, había conseguido replantear proyectos, imaginarios y hasta modos de vida, algo que se desvaneció junto con la aparición de la mayoría de mis contemporáneos.
Me llamo la atención la demora de Constanza, hasta que finamente la vi entrar como todos los días con esa alegría que su cabellera irradiaba. La mire una vez mas, esperando una señal que me haga recordar por un instante lo hermoso que habían sido esos instantes, en que yo adormecido en sus encantadores senos, me hundía en un sueño de fantasía.
Pero quizás la misma idea de la muerte se encargó de poner todas las piezas nuevamente en el tablero, y una vez mas, todo volvió a su lugar. El aluvión de ideas se había convertido en una desesperanzada llovizna otoñal, y nuevamente las agujas del reloj corrían en un mismo sentido.
Mi Temor a perderlo todo, me convenció abruptamente de lanzarme a la vida, sin mas vacilaciones. Mientras ella caminaba hacia mi, como todas las mañanas lo realizaba para saludarme y seguramente hacerme algún comentario sobre lo trágico del suceso que nos involucraban, la miré a los ojos, y exhalando una enorme bocanada de aire dije:
- Buen Día! – y antes de que continuara con su firme marcha hacia su sillón agregué - Que tenés que hacer esta noche?
Carlos R. Vila

jueves, 2 de agosto de 2007

Desde el ocaso.

El tiempo transcurría por el largo camino que me llevaría de vuelta aguas abajo, pisando el espeso manto de hojas que el otoño, con su brisa, acomodada a un costado del sendero, a un ritmo lento pero constante. Los días eran cada vez mas cortos, la bruma cada vez mas densa, y de a poco el oxígeno que había en la atmósfera, se iba desvaneciendo junto con mi humanidad. En el constante rimo de los amaneceres, se podía sentir como los pájaros que solían cantar a la mañana, habían perdido ya su fuerza, cayendo como hojas desde los árboles.
Recordé que estábamos en época de cosecha, lo cual me había colmado el alma de esperanzas, sobre el incierto futuro que devendría. Si los augurios de nuestros antepasados se materializaban en nuestra inmediatez nada de lo que veíamos en nuestro vasto horizonte seria perceptible a nuestros ojos. Sobre los campos, el viento levantaba el polvo de lo que alguna vez había dado de comer a toda la región, y las semillas que se habían plantado hace dos décadas, no habían siquiera servido de abono.
El mundo languidecía en esta tarde, y había una extraña sensación de que todo sucedería según lo esperado. Ciertamente, habíamos tenido una falencia la cual nos daba la certeza de que algo pasaría: hace dos décadas que no habíamos sembrado los campos, y hoy a la espera del anuncio creíamos que era la hora de levantar la cosecha.
La situación había alcanzado ya, a la mayor parte de las almas. Los pueblos aledaños caían victimas de sus errores y sus edificios se derretían fundiéndose con su ignorancia. Los niños cuyas elevadas temperaturas, emitían vapor de sus almas, eran alcanzados por el calor que provenía del mar, el cual hervía la humedad del aire, dejándolos sin aliento.
En las cavernas de las afueras, que alguna vez habían sido nidos de amor para las serpientes y lagartijas, estaban hoy ocupadas por diminutos seres que, luego del “Gran momento”, habían logrado la emancipación final sobre el enorme poder del Homo, el cual al ver derrumbado su reinado, se inmoló en el momento de su rendición.
Las comunicaciones se habían reducido a una simple simbología que tenía en cuenta solo las funciones vitales que mantenían a la especie en pie. Eran pocos los que podían escribir dos palabras, pero ya nadie las sabía leer, lo que hacia que la comunicación sea cada vez menor. Algunos habían empezado años atrás a improvisar nuevos lenguajes y dialectos, pero su espíritu vanguardista los aislaba día tras día, y la ira de la sociedad pronto acabo con ellos.
Al otro lado de los montes, los impacientes esperaban las calamidades que las escrituras ancestrales prometían, las cuales ya no podían ser interpretadas por la falta de escribas en esta zona. La confusión se hacia dueña de las almas, haciendo que el ocaso su civilización sea un hecho casi consumado. Los cañonazos de los que aun continuaban en pie de lucha, no lograron siquiera detener el avance de sus amigos, y mas débiles aun era para sus enemigos. No era posible su diferenciación, ya que los colores se confundían en la oscuridad de la noche, y el manto de sangre que bañaba con sus rojos labios toda la superficie cultivable, comenzaba a teñir los ríos que, aguas abajo enviarían la señal de desolación que se estaba viviendo por esas tierras.
La situación cerca del mar no era diferente. Morían quienes intentaban hundir las balsas improvisadas de quienes querían huir, victimas de temor a lo inevitable. Parecía que el destino estaba fijado de un lado al otro de la civilización.
El único bastión que aun no había caído victima de los horrores que el devenir estaba preparando, era el norte. Allí, se hallaban los mas voraces de la especie, que en cierto modo habían mantenido sus capacidades. Yo, que era parte de este selecto grupo, caminaba todas las mañanas en mi recorrida rutinaria. Pero hoy todo era distinto.
Una parte de mi alma aun se mantenía viva, con la esperanza de que, si el resto de la región cayera, nosotros podríamos continuar la existencia como los seres únicos, de tal forma que nuestra cultura se sobrepondría a tal catástrofe.
No habíamos perdido nuestra habla, ya que el sometimiento al resto de los vecindarios, nos había convertido en lengua oficial. Los medios de comunicación eran fluidos, y podíamos informarnos, informar y manipular sobre todos los estados de situación en la totalidad de la región. El agua manchada con la sangre de los que se ubicaban al norte, se había depositado en el lecho del río, y podíamos beber del agua limpia sin impurezas.
Por estos días nuestro destino estaba librado a la voluntad de un clérigo, que había ganado una reputación, cuando hace doce años había hecho sucumbir a un grupo de expedicionarios del norte, momento en el que se hizo cargo de la situación en el sur de la bahía.
Su ascenso al poder no había sido tanto por la fe que imponía a sus subordinados, sino que su ambición por dominar tierras y su instinto asesino lo había convertido en un ser despiadado, el cual no tenía compasión siquiera con los hijos de su tercera mujer.
Cada tanto había focos de rebelión, los cuales eran atacados con el poder de su sable, que derramaba hasta la última gota de sangre de quienes no aceptaban el perfecto estado de equilibrio al cual él nos sometía de manera dulce y fraternal.
La última revuelta, había ocurrido hace cinco años exactamente. En una fría noche de julio. Siete hombres de una legión que habían jurado defender con su vida al clérigo, forzaron la guardia que impedía el paso al ferrocarril que los sumergía dentro de la tierra, y los llevaría al destino final, donde él reside. Una vez dentro del vagón que los llevaría al destino final, dieron a andar la máquina, la cual tras un golpe de potencia, aceleró bruscamente. El aire se había comenzado a viciar, ya que la misma estaba preparada para cinco personas, y el oxígeno estaba siendo consumido en demasía por la cantidad de pasajeros. Las cámaras lo habían capturado todo, y mientras ellos estaban en su viaje victorioso, un ejercito los estaba esperándolos en la parada final. Pero no fue necesario el ejercito para destruir el golpe comando. Llegando casi a la mitad del túnel, uno de los hombres no soporto el temor a ser ajusticiado por el temible clérigo. Se imaginaba como su cabeza rodaría por la plaza central, tras horas de torturas. Podía sentir el olor a su carne como se iba quemando poco a poco mientras sus últimos suspiros como hombre se evaporaban en la hoguera. Había llegado al punto de no poder contener su estupor, y en un segundo de pánico, arrebato las seis cabezas de los seis cuerpos, los cuales ya no constituían una integridad. Del héroe de esa rebelión, se recuerda el rodar de su cabeza, con todos los honores por haber salvado en ese momento a nuestro clérigo.
Hoy se sentía que no se corría la misma suerte. El sol no había salido como todas las mañanas, demorándose una hora en su llegada habitual para este día, lo que nos hizo dar cuenta de la gravedad de la situación.
El clérigo, tras doce años en el poder y debilitado en su persona, se había hecho de un potente arsenal que amenazaba con pulverizar a quien osase atentar contra él y su régimen. Solo se rodeaba de algunos cuantos bufones que de a ratos le estiraban la deshidratada piel de su desfigurado rostro, en una leve muesca de sonrisa.
Nosotros vivíamos bien. Nuestras familias podían hacer las dos comidas que el ministerio alimenticio recomendaba para estar saludables y los ancianos morían a la edad de cuarenta años, tras una larga y agradable vida, aunque la monotonía no nos sentaba del todo a gusto. El clérigo, hombre que había ya superado los sesenta años, era considerado un hombre sabio, que de una u otra forma había logrado vencer a la vejez, aunque su ocaso resultaba casi inevitable.
De todos modos, hace días que todo había dado un irremediable e inesperado giro, y todo el orden que estaba ya establecido, parecía estar montado sobre un delgado y añejo cable. Quienes sostenían los hilos del ya demacrado clérigo, habían comenzado poco a poco a deshilacharlos. Los alegres hombres que en las montañas del norte lo apoyaban en todas sus actuaciones, y que durante años habían enviando a este rincón las provisiones de alimentos y agua que nuestra ciudad consumía cotidianamente, habían sido ejecutados por sus súbditos, los cuales en una desesperada desorganización, se inmolaron con ellos, borrando toda sonrisa. En altamar, se hundían en sus precarias balsas los Duques de las Costas, que en los días fértiles proveían del pescado y las delicias del mar, junto con el descanso y la tranquilidad del infinito océano. Lo pequeños seres que habitaban el bosque, y que con su labor cotidiano aportaban frutos, verduras, tabaco, alcohol, y otros derivados de la tierra a nuestro pueblo, al comprender lo que estaba sucediendo en la región, se internaron en lo mas profundo de sus cavernas, lo cual facilitó la tarea al no tener que cavar sus fosas, ni las de sus hijos.
En este día, todos ansiosos estábamos esperando la aparición de nuestro clérigo. Después de todo, el fue quien nos condujo hasta estos momentos, y nunca se ha desalineado de lo que las escrituras ancestrales imponían a nuestro conflictivo presente. Esta tarde se nos diría cuales serían los pasos a seguir, para evitar perecer a todas las calamidades que el cruel destino no impartía.
Había transitado durante la mañana la ruta que me comunica con la plaza central, y el agotamiento que esto me había generado me sacaba en cierto modo las ganas de permanecer ahí, a la espera de los anuncios. Pero pensaba en mis hijos, los cuales deberían estar jugando en el patio de la casa, como otros tantos días. A la madre de ellos, tratando de que en sus quehaceres en el trabajo, le permitiera llegar al menos no lo suficientemente tarde como para poder enseñarles algo, ya que las escuelas habían sido cerradas hace tiempo atrás.
Eran casi las cinco de la tarde cuando la multitud se agolpaba en la plaza central a la espera del ferrocarril, en el cual llegaría el clérigo para emitir su veredicto, e impartir nuevas órdenes. No había caído aun el sol, cuando por fin sucedió. Al hacer su aparición el clérigo, la gente lo proclamaba como el padre y guía del pueblo, sin dejarlo emitir sonido alguno. Esto duro aproximadamente veinte minutos, lo cual le facilitó la tarea al anciano, cuya voz era mas débil que la de un gorrión que ha caído de su nido.
Una vez aplacados los ánimos, la multitud quedo inmóvil por fin, y a la espera de un sermón. Pero sorpresivamente y sin mediar palabras, el anciano levanto su antiguo y deteriorado trasero del sitial que lo contenía, y levantando la mano en cordial saludo a la masa, quienes iban a emitir su comunicado, se dieron a la fuga de manera lenta y burlona. Fue difícil entender la casa por la cual este hombre que nos protegió tanto tiempo había tomado tal actitud. Pero la respuesta fue inevitable, y en ese momento la gente comenzó a solicitar fuertemente el discurso, lo que fue entendido de mala manera por quienes ejercían la celosa custodia del clérigo.
Dos personas vestidas de un extravagante uniforme, corrieron junto al clérigo hacia la maquina ferroviaria, mientras el ejercito de traje azul rosado, intentaba contener a la multitud, ya descontrolada y enardecida.
Preso del terror y con un gran temor a la muerte, me introduje en una boca de tormenta, lo cual me permitió salir de aquel sitio, y evitar de esa manera lo que parecía poner fin a mi vida. Cerré bien la tapa por la que había entrado a las profundidades de la ciudad, para que nadie intentase tomarme por sorpresa. Salí a cincuenta metros de la estación en la que aún estaba detenido el ferrocarril, y habiendo pasado por debajo de la guardia de protección clerical. Me alcé por una escalera de emergencia al vagón, cuando de repente este se echo a andar por el interminable túnel.
El viento me golpeaba fuertemente en la cara, y cada centímetro que avanzaba, me penetraba por los poros de la piel, filtrándose hasta mis entrañas.
No había pasado cinco minutos, cuando desde la entrada al túnel se avistaba un relámpago que calcinaba mi retina, acompañado de un gran temblor, que tras una fracción de segundo, se había transformado en un ensordecedor golpeteo de tambor, produciendo en mi alma un fuerte escalofrío, junto con una perdida momentánea de conocimiento.
Pude abrir los ojos, mientras permanecía en posición horizontal mirando el techo del túnel, intentando recobrar fuerzas para movilizar mi golpeado esqueleto. Pasaron treinta minutos más ahí arriba, cuando volví a respirar aire con una cantidad de oxígeno que me devolvía fuerzas, o por lo menos me daba la sensación de que aun no había muerto. Era el final del túnel, y al observar a mis costados, la paz de los verdes e incansables prados, por los cuales alguna vez había soñado, pero que hoy eran desconocidos por mi, vi como a orillas de un mar anónimo, se erguía un enorme castillo sustentado por las piedras que faltaban al extenso túnel, algo que habría de generar orgullo al alma creadora, pero que hoy se veía devastado y desolado.
El tren por fin ingreso en el y se detuvo, y los dolores que el viento me habían producido, pronto se habían extraviado en los confines de mi cuerpo.
De adentro del vagón, bajo solo el clérigo, el cual camino unos cuantos metros, subiendo altas escaleras, hasta depositarse en la parte mas alta de la bahía. Pensativo, se sentó en un antiguo banco tallado con hojas de acanto y rematado con pequeñas flores de lis, y tras un largo rato de meditación bajo su cabeza, como quien se lamenta sobre algo que ha ya no existe.
A paso muy lento, me aproxime a él, con rostro comprensivo y fraternal. Era la imagen de un anciano, que espera pasiblemente la llegada de su sepulturero, con una pala en sus manos. Intente abrazarlo de algún modo, cuando de entre las mantas que cubrían su precario cuerpo, asomaban sus resecas manos, las cuales se hacían imperceptibles al estar teñidas de un color rojo muy fuerte.
Al levantar mi mirada, se iluminaba el enorme espacio central que el gran edificio tenía. Di una vuelta con mis ojos, a lo que mi cuerpo se había sumado, cuando una fuerte sensación de vacío comenzó a apoderarse de mi alma, entendiendo doce años de nuestras vidas en un instante de conciencia.
La noche iluminada pronto cambio mis antiguas percepciones. De lo que veía color verde, pronto se teñía de amarillo, y los colores oscilaban de un lado al otro del espectro cromático.
Ví a lo lejos que nuestro arroyo inmaculado por largos siglos, dando de beber la vida a nuestras tierras, había sido profanado. El agua impura que durante años habíamos bebido había cambiado su color, y la sangre que la manchaba era la nuestra. En el centro, un campo de juego mostraba como las esferas con las que jugábamos al deporte nacional, no eran mas que las cabezas redondas de lo que alguna vez, creímos que serían quienes continuarían con nuestra labor de preservar la especie. Colmado de dolor y rabia, vi a un costado del clérigo, la mano tendida de un amigo que hace tiempo creía muerto, al cual ya casi no podía reconocer por las destrucción que su pequeño y descuartizado cuerpo poseía, y a quien sus costillas se exponían como filosos cuchillos del mejor acero que jamás se había fabricado.
La última insubordinación, la ejecuté yo. El clérigo se había desvanecido víctima del cansancio y su despiadada labor asesina. Aun no había logrado entender que es lo que había ocurrido con mi antiguo amigo, ya desconocido, cuando hundí en el alma del anciano, la costilla arrancada del cuerpo que yacía en el piso. El viejo había expirado, y ya no consumía ni el mas mínimo volumen de oxígeno, y alzándolo en mis brazos, lo arroje hacia un lejano solado marmóreo, impregnando lo último de su existencia en un grabado ya inmortal. Al observar a mi alrededor, caí en la cuenta de que mi actuación había llegado demasiado tarde, y lanzándome al vuelo de un águila sobre el precipicio rojo que nos protegía de los ataques externos, me había dado cuenta de que mi último logro ya no tenía humanidad para compartirlo.



Carlos Vila

El dedo que todo lo indica.

El error ajeno es palpable. Se encuentra en cada letra escrita del discurso, en cada movimiento del actor y en cada frase que recita el orador.
Es que el error, es la virtud que ha hecho hombre al simio.
En los errores se desmoronan las torres de quienes lo intentan, y sobre ellos se erigen las mismas que al final perduran en el tiempo.
Las críticas hacia ellos son de los técnicos y de los inseguros, que en su temor a equivocarse, cometen el error mas grosero de todos:
El de ni siquiera arriesgarse