
Los días de agosto tienen esa particularidad de no ser reconocidos por el sol radiante.
Este agosto no iba a se la excepción, y nada iba a cambiar si del tiempo dependiera. Similar al rodar perpetuo de nuestro sol en el universo, sentenciados en nuestra rutina del trabajo cotidiano, combustible que aceleraba el paso del tiempo y la reacción del espacio vacío que llena el alma de los que compartimos el día.
Llegaba el viernes, y en la ilusión de libertad conferida a este día se acrecentaba en las almas y nos hacia suponer que la vida florecería a la salida del banco.
No a todos les gustaba el trabajo bancario, la rutina que conlleva a la falta de aspiraciones intelectuales y espirituales, nos dejaba a todos de algún modo con la mirada sobre la parte vacía de la fuente. Dentro de los adjetivos que de una u otra manera nos imponíamos para reconocernos, yo era algo parecido a la reserva moral del piso, quien conservaba los estribos en esta marea inimputable desde todo punto de vista.
Entre todos los que convivimos con el crujir incesante de los engranes de esta maquina financiera, algunos habían adquirido, por opción o por obligación, el adiestramiento necesario para realizar las tareas mínimas que se nos exigían.
De todos modos, había excepciones, y Al-Berce era una de esas. El con sus incontables limitaciones e ineptitudes nos demostraba que con esfuerzo todo quien se lo propusiera podía llegar a ser reconocido en la vida; le daba impulso a la vida de los demás, demostrándonos cuan bueno nos puede resultar el destino, aun hacia el mas carenciado. Igualmente, las orejas de Al-Berce no dejaban de sorprenderme. Su similitud a un ratón, en plena acción de roer su pequeñísima porción de quesito fresco, y sus manos llenas de anillos, nos hacia a todos recordar cuan grande era ese pequeño hombre. Un modelo a seguir en nuestra querida Institución, que mas que sostén nos ofrecía un apoyo sólido.
Nuestra ubicación dentro de ese enorme edificio era privilegiada, ya que gobernábamos toda la periferia desde nuestras ventanas opacas. muy por encima de la realidad que especulaba con la vida de los demás.
Los sucesos que voy describir a continuación han modificado mi percepción de la realidad, y ha cambiado en mi, la forma de entender los actos de heroísmo y virilidad.
Hasta este día la rutina nos consumía con el único combustible fósil que se puede hallar en las zonas céntricas de los grandes conglomerados, y hoy un nuevo motor surgía de lugares que aun no entendemos.
La revolución que habíamos buscado durante años se nos presentaba ante nosotros, viendo nuestro estandarte alzado en brazos de ese cómico y siniestro, pero representativo personaje.
Eran casi las cinco de la tarde de este viernes, y preparados todos nosotros para salir, nos enteramos que por la “Gran puerta” entraban a nuestros aposentos cinco hombres que de solo observarlos por nuestras pantallas nos causaban la impresión de que el dolor se apoderaría de nosotros, y comenzábamos a palpitar que el final de este día no iba a ser como los demás.
Todos sabíamos que nos íbamos a ir de forma distinta a la que habíamos entrado al edificio, pero renegábamos de la inmediatez de los hechos.
Los cinco hombres posicionados, alzados casi con el botín, que horas antes contabilizaban los empleados de la saqueadora empresa, se disponían a retirarse sin la mas mínima resistencia. Pero es que los hombres son llamados a ser héroes, y la voluntad divina lo ha determinado así, que Al Berce, en la oscuridad de nuestros tugurios, encomendó a los agentes de la ley, la enorme tarea de evitar el defalco. El pánico se apodero de los hombres, que ya en acto de infortunada confianza, brindaban sobre si mismos, ya sin sus mascaras cubre identidad.
También en nosotros comenzó a rondar el temor, y este se fue haciendo dueño de nuestros almas y espíritus.
Había salidas posibles, pero la mala actitud de los ya desencapuchados cobardes, confrontativa con la ley y el orden, desencadenó la locura mas inesperada de nuestras vidas y que yo recordaré como el momento en que un hombre se transforma en héroe.
Las palabras comenzaron a entrar en ebullición, y no faltaba mucho para que todo finalizara.
Nosotros estábamos agazapados en nuestros lugares de trabajo. Dos pisos nos separaba de la acción que se estaba desarrollando, y solo recibíamos las amenazas de la explosión final en la que se inmolarían los desencapuchados y acabaría también con los dos hombres que trabajaban codo a codo con nosotros.
Hubo un fuerte debate dentro del seno de nuestro grupo, ante la exigencia de que se necesitaban tres personas para salir con los hombres y el botín, lo que nos obligaba a incorporar al staff en pugna uno de nuestros mejores y mas valientes hombres o mujeres.
Todos queríamos ofrecernos. No había hombre ni mujer que no pudiera soportar la idea de ser el representante de los representantes entre nosotros.
Había que elegir, y para no generar ningún tipo de diferencia, deberíamos llamar al azar para que con su mano, nos de la luz que necesitábamos para que nuestro camino sea visible.
El azar, inconfundible mano desauseada, que nunca diferencia entre rudos y débiles, me había seleccionado como el elegido entre todos a dar apoyo a los demás mártires de esta historia.
Todos al unísono, habían querido convencerme de los peligros que acarreaba esta decisión, a lo que yo en porfiada discusión defendía lo mas que pude.
Tres veces mas habíamos elegido nombres de manera azarosa, y cada vez eran mayores los pleitos que esto generaba.
Finalmente el azar, supo poner los ojos en quien inquebrantablemente cumple los destinos que les han sido asignados. Se lo notaba perturbado, dubitativo, pero sabia él que lo mejor era enfrentar los sucesos para ponerle fin a este letargo. De todos modos y luego de la unanimidad de opiniones habíamos decidido el futuro de nuestro irremplazable compañero.
Como no podía ser de otra manera, yo mismo me ofrecí a ayudarlo, y entre un baño de lagrimas le sujeté sus pequeñas manos y suavemente le coloque sobre su boca el paño que evitaría cualquier sonido que le impidiera ver lo importante de su tarea.
Todos lloramos como si nos estuviéramos despidiendo de él, pero sabíamos que su labor nos honraría por mas allá de todo. Y acompañándolo hasta el ascensor que lo depositaría frente a su improvisado tribunal, cargue su dolor y seque sus lagrimas.
Viendo en un último intento desesperado de escaparse del destino por parte de él, alcance antes de llegar al nivel de conflicto, a decirle las siguientes palabras que creo son las que lo han acompañado mostrándole que el era mas que un amigo:
- Acá no se trata de hombres. Acá se trata de héroes. Los héroes que poblaron nuestras tierras, los que han defendido nuestras familias, los que han forjado la herencia de nuestras naciones. Esos que sin fijarse a quien, han dado su vida para que los demás puedan continuar con la suya. Los Mesías anónimos de nuestros tiempos.
Hoy sos vos el cordero que serviremos en nuestra mesa.
Hoy empezamos a contar los días de cero. A eso hoy, te llamo a vos el destino, Berce.
Este agosto no iba a se la excepción, y nada iba a cambiar si del tiempo dependiera. Similar al rodar perpetuo de nuestro sol en el universo, sentenciados en nuestra rutina del trabajo cotidiano, combustible que aceleraba el paso del tiempo y la reacción del espacio vacío que llena el alma de los que compartimos el día.
Llegaba el viernes, y en la ilusión de libertad conferida a este día se acrecentaba en las almas y nos hacia suponer que la vida florecería a la salida del banco.
No a todos les gustaba el trabajo bancario, la rutina que conlleva a la falta de aspiraciones intelectuales y espirituales, nos dejaba a todos de algún modo con la mirada sobre la parte vacía de la fuente. Dentro de los adjetivos que de una u otra manera nos imponíamos para reconocernos, yo era algo parecido a la reserva moral del piso, quien conservaba los estribos en esta marea inimputable desde todo punto de vista.
Entre todos los que convivimos con el crujir incesante de los engranes de esta maquina financiera, algunos habían adquirido, por opción o por obligación, el adiestramiento necesario para realizar las tareas mínimas que se nos exigían.
De todos modos, había excepciones, y Al-Berce era una de esas. El con sus incontables limitaciones e ineptitudes nos demostraba que con esfuerzo todo quien se lo propusiera podía llegar a ser reconocido en la vida; le daba impulso a la vida de los demás, demostrándonos cuan bueno nos puede resultar el destino, aun hacia el mas carenciado. Igualmente, las orejas de Al-Berce no dejaban de sorprenderme. Su similitud a un ratón, en plena acción de roer su pequeñísima porción de quesito fresco, y sus manos llenas de anillos, nos hacia a todos recordar cuan grande era ese pequeño hombre. Un modelo a seguir en nuestra querida Institución, que mas que sostén nos ofrecía un apoyo sólido.
Nuestra ubicación dentro de ese enorme edificio era privilegiada, ya que gobernábamos toda la periferia desde nuestras ventanas opacas. muy por encima de la realidad que especulaba con la vida de los demás.
Los sucesos que voy describir a continuación han modificado mi percepción de la realidad, y ha cambiado en mi, la forma de entender los actos de heroísmo y virilidad.
Hasta este día la rutina nos consumía con el único combustible fósil que se puede hallar en las zonas céntricas de los grandes conglomerados, y hoy un nuevo motor surgía de lugares que aun no entendemos.
La revolución que habíamos buscado durante años se nos presentaba ante nosotros, viendo nuestro estandarte alzado en brazos de ese cómico y siniestro, pero representativo personaje.
Eran casi las cinco de la tarde de este viernes, y preparados todos nosotros para salir, nos enteramos que por la “Gran puerta” entraban a nuestros aposentos cinco hombres que de solo observarlos por nuestras pantallas nos causaban la impresión de que el dolor se apoderaría de nosotros, y comenzábamos a palpitar que el final de este día no iba a ser como los demás.
Todos sabíamos que nos íbamos a ir de forma distinta a la que habíamos entrado al edificio, pero renegábamos de la inmediatez de los hechos.
Los cinco hombres posicionados, alzados casi con el botín, que horas antes contabilizaban los empleados de la saqueadora empresa, se disponían a retirarse sin la mas mínima resistencia. Pero es que los hombres son llamados a ser héroes, y la voluntad divina lo ha determinado así, que Al Berce, en la oscuridad de nuestros tugurios, encomendó a los agentes de la ley, la enorme tarea de evitar el defalco. El pánico se apodero de los hombres, que ya en acto de infortunada confianza, brindaban sobre si mismos, ya sin sus mascaras cubre identidad.
También en nosotros comenzó a rondar el temor, y este se fue haciendo dueño de nuestros almas y espíritus.
Había salidas posibles, pero la mala actitud de los ya desencapuchados cobardes, confrontativa con la ley y el orden, desencadenó la locura mas inesperada de nuestras vidas y que yo recordaré como el momento en que un hombre se transforma en héroe.
Las palabras comenzaron a entrar en ebullición, y no faltaba mucho para que todo finalizara.
Nosotros estábamos agazapados en nuestros lugares de trabajo. Dos pisos nos separaba de la acción que se estaba desarrollando, y solo recibíamos las amenazas de la explosión final en la que se inmolarían los desencapuchados y acabaría también con los dos hombres que trabajaban codo a codo con nosotros.
Hubo un fuerte debate dentro del seno de nuestro grupo, ante la exigencia de que se necesitaban tres personas para salir con los hombres y el botín, lo que nos obligaba a incorporar al staff en pugna uno de nuestros mejores y mas valientes hombres o mujeres.
Todos queríamos ofrecernos. No había hombre ni mujer que no pudiera soportar la idea de ser el representante de los representantes entre nosotros.
Había que elegir, y para no generar ningún tipo de diferencia, deberíamos llamar al azar para que con su mano, nos de la luz que necesitábamos para que nuestro camino sea visible.
El azar, inconfundible mano desauseada, que nunca diferencia entre rudos y débiles, me había seleccionado como el elegido entre todos a dar apoyo a los demás mártires de esta historia.
Todos al unísono, habían querido convencerme de los peligros que acarreaba esta decisión, a lo que yo en porfiada discusión defendía lo mas que pude.
Tres veces mas habíamos elegido nombres de manera azarosa, y cada vez eran mayores los pleitos que esto generaba.
Finalmente el azar, supo poner los ojos en quien inquebrantablemente cumple los destinos que les han sido asignados. Se lo notaba perturbado, dubitativo, pero sabia él que lo mejor era enfrentar los sucesos para ponerle fin a este letargo. De todos modos y luego de la unanimidad de opiniones habíamos decidido el futuro de nuestro irremplazable compañero.
Como no podía ser de otra manera, yo mismo me ofrecí a ayudarlo, y entre un baño de lagrimas le sujeté sus pequeñas manos y suavemente le coloque sobre su boca el paño que evitaría cualquier sonido que le impidiera ver lo importante de su tarea.
Todos lloramos como si nos estuviéramos despidiendo de él, pero sabíamos que su labor nos honraría por mas allá de todo. Y acompañándolo hasta el ascensor que lo depositaría frente a su improvisado tribunal, cargue su dolor y seque sus lagrimas.
Viendo en un último intento desesperado de escaparse del destino por parte de él, alcance antes de llegar al nivel de conflicto, a decirle las siguientes palabras que creo son las que lo han acompañado mostrándole que el era mas que un amigo:
- Acá no se trata de hombres. Acá se trata de héroes. Los héroes que poblaron nuestras tierras, los que han defendido nuestras familias, los que han forjado la herencia de nuestras naciones. Esos que sin fijarse a quien, han dado su vida para que los demás puedan continuar con la suya. Los Mesías anónimos de nuestros tiempos.
Hoy sos vos el cordero que serviremos en nuestra mesa.
Hoy empezamos a contar los días de cero. A eso hoy, te llamo a vos el destino, Berce.
Se escucho una ráfaga, que nos heló la piel. Después no hubo mas que silencio hasta la llegada del lunes.
Carlos R. Vila
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2 comentarios:
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jajaja, me gusto mucho. Lograste plasmar, en esa suerte de proyección, la exposición de la hipocresía, en la que estamos inmersos, disfrazada obviamente de tedio y rutina.
...Me atrevo a dedicar tu texto a los que balbucean, con las comisuras repletas de baba blanquecina, un falso "que capo"...
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