
Días como estos han sucedido a lo largo de todos los tiempos. Diferencias que a veces solo se hacen perceptibles cuando se trata de plasmar los sucesos en una línea temporal.
El recuerdo incansable de aquel ya lejano comentario, que perduraba para siempre en mis oídos, de quien me acompaño a lo largo de 20 años en este escritorio, diciéndome de manera inequívoca, y haciendo eco en mi interior como el agudo sonido de una piedra cortando la tensión superficial de un espejo acuático, de que mas allá de nuestra inagotable negación, la muerte nos asecha. No era la pesadez de esas palabras las que me causaban el mayor estremecimiento, sino mi extensa rutina que día a día se prolongaba logarítmicamente, condenándome al dolor que genera la idea del infinito en nuestra limitada imaginación.
Como todas las mañanas, la llegada a la oficina de la calle Bartolomé Mitre, me dejaba ese sabor amargo que se huele en las casas abandonadas, o el olor del hollín, que me recuerda a las pocilgas incendiadas, a las cuales la humedad y el paso del tiempo, les impregnó ese gusto rancio que despide la leche cuando permanece estacionada al sol durante un prolongado numero de días.
La entrada por la puerta secundaria, me hacia sentir como una mas de las ratas que, incógnitamente habitan durante las noches los tugurios del edificio, al tiempo que la ciudad se sumerge en el breve sueño cotidiano.
Como un roedor alquimista, que con sus afilados dientes intenta transformar trozos de papel en su preciado festín, me precipitaba sobre el escritorio que me había sido asignado tras largos años de permanencia. Como todos, imaginaba un mundo fuera de aquella madriguera, que con su calor maternal nos invitaba a dejar nuestras vidas a su servicio. Mi sueño de llegar cada vez mas lejos coincidía con el de todos mis compañeros, que esperando su gran oportunidad, trabajaban casi a desgano, con sus miradas perdidas en el fondo de sus pantallas.
Andrea, que fue mi compañera a lo largo de los años, tomaba muy en serio su trabajo. Temía una represalia por parte de su jefe, quien la había amenazado de manera implícita al dejarla en condiciones laborales inferiores a las que el resto de nosotros.
Un día me había contado que Susana estaba planeando un viaje a Europa, y que habían obtenido ya todas las credenciales que le solicitaban para tener libre paso por la totalidad del viejo del continente. Ella había planeado un extenso recorrido, que comenzaba por la ciudad de Madrid, conociendo la cultura que ha dominado estas tierras por siglos, sin olvidar ningunos de los castillos reales deleitan a miles de visitantes del mundo entero. Seguiría por el interior de España, hasta llegar a Barcelona, atravesando los principados de Andorra, bañándose en las playas del Mediterráneo, hasta definitivamente enamorarse en Paris, donde perduraría por siempre de la mano de su dulce amado, el cual ya no recordaba su nombre.
Pablo, que era un rígido conocedor de la antigüedad, se había prometido conocer las maravillas de la antigua Grecia, penetrando en la Acrópolis, como de alguna manera lo habrían hecho los turcos hace unos siglos, arrasando con miles de fogonazos los tesoros mejor guardados y más profanados de aquella cultura. Posteriormente pasaría por Los Alpes, y atravesando los paisajes naturales, llegaría al norte de Italia donde conocería todo lo que alguna vez fue un basto Imperio, permaneciendo en el corazón de él, hasta el final de su existencia.Constanza, cuyo padre había muerto por un tiro en su cien, luego de que apostara en el hipódromo su seguro de vida, estaba esperanzada en que desde el gran nuevo Imperio le llegase una tarjeta de color, que la enviaría hacia un futuro casi asegurado. Sus piernas esbeltas y armónicas, las cuales se prolongaban a lo largo de toda mi imaginación, remataban en dos semiesferas casi perfectas, desde donde comenzaba su fina cintura. Hacia arriba, entre su torso dulce y suave, se dejaba entrever sus senos maternales, que de alguna manera me transportaban hacia mi infancia más noble, e imaginaba sus cálidas manos acariciando mi rostro inmaduro, con la delicadeza que una madre transmite en un mar de afecto a su hijo recién nacido. Sus facciones no eran mas que una repetición de sus cualidades físicas, que sin embargo, el paso del tiempo no la había afectado en lo mas mínimo
Mis aspiraciones no eran menores. Había soñado alguna vez con la América latina de los conquistadores, en pisar las iglesias que habían erigido con mano de obra esclava, quienes en nombre de dios arrasaron con los últimos destellos de una civilización ya perdida.
Estaba en mi imaginario la llegada a las Islas del caribe, ultimo eslabón latinoamericano, que me cruzaría hacia el antiguo mundo, donde me esperaba “el conocimiento”, la fortuna y también, porque no, la diversión, algo que me haría olvidar por completo el rutinario correr de los días. Mientras tanto, la plaza de los dos congresos, el antiguo café el molino, – que de café ya no tenía nada – del cual solo se conservan algunas de sus aspas, el cartel del "Instituto del Pie" seguían siendo los patrones que me indicaban que mi jornada había comenzado.
Mi escritorio color marfil, que con el correr del tiempo se había marchitado como una lagartija echada al fuego, me indicaba cual eran mis tareas asignadas para ese día en particular, las cuales permanecían extendidas a lo largo de la interminable superficie. Bastaba con prender el ordenador y la rueda de un destino ya enunciado, comenzaba a girar. Los bordes del mismo, en una madera maciza que alguna vez intentó ser un roble de excelente calidad, hoy estaban reducido a muestrario de quemaduras, símbolo de una época en que los pulmones ajenos cotizaban menos que el beso de un anciano sin dientes.
Saque del cajón la lapicera que me había regalado una amigo antes de partir hacia Australia, y del cual hace dos años no había tenido noticia, por lo que supuse que en el mejor de los casos había sufrido un naufragio al llegar a las costas africanas. Cerré el cajón, que de vez en cuando se atoraba al intentar sacar algo con celeridad, algo que con los años, me enseñó a tratarlo dulcemente, acariciándolo en cada expulsión del fino tirador.
Abrí el cuaderno donde escribo todas las mañanas mis quehaceres cotidianos. Las hojas me mostraban el interminable transcurrir en este sitio. Algún viaje donde había tenido que vagar por la ciudad durante toda una tarde, o las siluetas de un edificio en Tandil, que creo se termino hace meses atrás; las fachadas que alguna vez había imaginado para unas viviendas en Núñez, o las cúpulas vidriadas, que un hombre de poca imaginación y mucha celeridad con sus negocios me había encargado últimamente, y al cual nunca le envié respuesta alguna.
Al fin llegue extendí las hojas donde debía "acomodar" los muebles de algún lugar remoto, los cuales como oficio de rutina se desplazaron a lo largo del dibujo, hasta llegar a su posición final, para alegría mía y desgracia de quienes debían habitar esa insoportable yuxtaposición de ideas. De cualquier modo, tarde o temprano no solo terminarían haciéndome responsable de lo realizado, sino también de las crisis cíclicas a las que se ve sometida la economía del Sudeste Asiático.
Al sonar el timbre del teléfono, ya doloroso para mi espíritu, lo hacia de manera tal, que quien estaba al otro lado del auricular podía sentir el desprecio que el apaciguador paso del tiempo genera en los seres humanos, y lo poco que de ello le queda. Alzaba el auricular en mis manos, con un sutil giro en el aire de ciento ochenta grados, que lo depositaba a un costado de mi rostro. Movimiento inverso se daba a los pocos segundos, sin mayores novedades.
A veces, al tiempo que mi interlocutor me comunicaba algún suceso, que realmente ya no le interesaba ni a él mismo, imaginaba como estarían en esos momentos la llovizna sobre la capital Inglesa, o tal vez la bruma y el hollín estaría en este momento, opacando la hermosa y centenar torre que les muestra a los londinenses el incesante transcurrir de su era, transcurrir que se imaginaba con la gente en los micros de doble altura y la velocidad que le impone a esta ciudad imaginaria el ferrocarril subterráneo.
La mañana pasaba, como los días de hibernación de un animal, solo que la ausencia de la jefa en un tiempo que superaba lo previsiblemente lógico, nos hacia pensar que algo distinto podía haber sucedido. Creo que en el fondo cada vez que pasaba algún retraso de nosotros, esperábamos que algo haya sucedido, algo que de alguna u otra manera nos prepare para la ejercitación mental, a la que ya nos habíamos desacostumbrado.
El mediodía se acercaba y la ausencia comenzaba a hacerse mas preocupante. El comentario de Andrea me había dejado un poco sorprendido, al decirme que el día anterior, ella había visto a Etelvina, nuestra jefa, con dos hombres de brazo, algo no solo inimaginable, sino que nuestra adormecida imaginación no soportaba.
Como siempre que sucedia una ausencia sin aviso, no faltó el inicio de una especie de guerra fria de informaciones vanas, que hacian transcurrir las horas inesperadamente.
Las conjeturas duraron hasta la media tarde, momento en que una reveladora llamada, nos sorprendió a todos por igual. Un llamado proveniente del hospital, había informado, que una persona de apellido Gómez, había muerto como causa de un accidente de tránsito, y que inevitablemente, por su dentadura, la persona Gómez a la que se estaban refiriendo trabajaba en este lugar.
Etelvina Gómez, había intentado llegar mas temprano a la oficina el día de hoy, lo que le había costado la vida al intentar subir corriendo al ómnibus que la traería para consumar su perverso fin. Quizás la suerte, en uno de esos ataques de imprevisión, la habría impulsado a tomar ese ómnibus en lugar del que ella simpre aborda, aplastándole la cabeza sin piedad.
Fueron duros los primeros momentos. Todos comenzamos a recordar sus bondades, como siempre solemos hacer cuando sabemos que no volveremos a ver nunca mas a alguien, aun siendo alguien detestado por nosotros, como si la finitud de la existencia la eximiera de sus calamidades.
Pasaron dos horas, cuando todos debíamos emprender el retorno a nuestros hogares, y de esa manera terminar nuestro día, como lo hemos hecho a lo largo de los 20 años que nos precedieron. Aunque hoy todo era muy distinto. Nuestro azotador había muerto, aunque todos en ese momento padecíamos el síndrome de Estocolmo, y nos llenaba de pena la muerte indigna que ella había tenido.
Por una de esas hipocresías, debíamos ir a velar por la muerta, y a dar nuestro más sentido pésame a sus hijos y esposos, que verdaderamente me molestaban, no sé sí por su aspecto sucio, o por la solicitud de una ayuda económica para los nuevos carenciados de afecto maternal.
Lo que encrudeció el dolor en la noche, creo que fue la entrada de Constanza al recinto, lo que casi me hace estallar en lágrimas. Ella lloraba mucho, pues había tenido una relación muy estrecha con la difunta, tan estrecha como el escote pronunciado que vestía, el cual permitía una vez mas, deleitarme con sus duros y voluminosos senos.
La abracé y me hundí en un llanto junto a ella, deslizándome poco a poco sobre la suave curva que le delineaba el cuello, hasta que descansé sobre aquel escote, que me daba cobijo al mal momento compartido. Inmóvil ella, como una madre que amamanta a su pequeño niño, se refería con palabras dulces hacia quien yacía en aquel distante cajón, palabras que en mi mente comenzaban a se ininteligibles.
Pedro, Empleado ejemplar, quien nunca se cansa caer en gracia, aun en momentos inoportunos, hizo honor una vez mas a su reputación, interrumpiendo este momento tan preciado por mí, con su aguda y repugnante voz, similar a la de un eunuco que recién llega del quirófano
El resto de la noche fue como una fiesta, solo que se olvidaron de poner música, y los que se encontraban en ella, no hacían mas que invocar estrofas y versos estúpidos de personajes vivos o muertos, que para la ocasión, se sumaban al derroche inútil de salivas.
El amanecer, casi me sorprende pretendiendo llevar a su casa a Constanza. Ofrecí el mejor de los vehículos para transportarla, con las intenciones de decirle que en mi casa estaríamos mejor durmiendo solos y mitigando un poco el dolor que nos había generado el derramamiento de tantas lágrimas. Al fin de todo la vida debía continuar, aunque el dolor iba in crecendo por estas horas.
Su negativa me dolió en cierto modo. Pedro contaba con un lujoso automóvil, que no podía ser de otra manera, había conseguido gracias a los innumerables años de sacrificado esfuerzo, haciendo de mi solitaria noche, la hermosa culminación de este asqueroso cortejo fúnebre, donde el cajón comenzaba a despedir un olor, que inundaba a todo el vecindario.
Pensé que todo esto iba a durar quizás un poco mas. Dos días tal vez. Pero al igual que aquellos senos que ayer me pertenecieron solo por unos instantes, el velatorio, fue igual de efímero. Todos volvimos a nuestros lugares, y la jornada era como siempre de esperanzadora. Llegue unos minutos antes para ver como iban llegando cada uno de mis compañeros, pero note que todos estaban estupefactos, con las cabezas bajas mirando el piso duramente. Por un momento pensé que todo había cambiado y que el impacto que generó la idea de la muerte en las cabezas de todos, había conseguido replantear proyectos, imaginarios y hasta modos de vida, algo que se desvaneció junto con la aparición de la mayoría de mis contemporáneos.
Me llamo la atención la demora de Constanza, hasta que finamente la vi entrar como todos los días con esa alegría que su cabellera irradiaba. La mire una vez mas, esperando una señal que me haga recordar por un instante lo hermoso que habían sido esos instantes, en que yo adormecido en sus encantadores senos, me hundía en un sueño de fantasía.
Pero quizás la misma idea de la muerte se encargó de poner todas las piezas nuevamente en el tablero, y una vez mas, todo volvió a su lugar. El aluvión de ideas se había convertido en una desesperanzada llovizna otoñal, y nuevamente las agujas del reloj corrían en un mismo sentido.
Mi Temor a perderlo todo, me convenció abruptamente de lanzarme a la vida, sin mas vacilaciones. Mientras ella caminaba hacia mi, como todas las mañanas lo realizaba para saludarme y seguramente hacerme algún comentario sobre lo trágico del suceso que nos involucraban, la miré a los ojos, y exhalando una enorme bocanada de aire dije:
- Buen Día! – y antes de que continuara con su firme marcha hacia su sillón agregué - Que tenés que hacer esta noche?
Carlos R. Vila

7 comentarios:
Q barbaridad todo un poeta donde tendrias escondido eso, no sabia q tenias sentimientos jajaja Abrazoo
que pena me das. Soy mas joven que tu y me avergüenzo de tu mala educación y falta de tacto. Sinceramente, creo que eres un pobre infeliz. Si no te gusta el blog de una señora tan mayor, pues no lo leas. Y si lo lees y crees que no tiene ningun valor, como minimo CÁLLATE i guárdate tus opiniones porque date cuenta de que a esta señora tener un blog la hace feliz (estado de ánimo del que tú obviamente careces). Tus poemas son aburridos y eternos, no he conseguido leer mas de 5 linias con un mínimo de interés. Nadie comenta nada de lo que escribes. A lo mejor estas equivocado y el blog de Maria Amelia tiene mucho más interés para la gente del que tiene el tuyo.
A mi su blog me encanta, por lo que cuenta, por la fuerza y la serenidad que transmite, no porque sean las vivencias de una anciana, sino porque son vivencias que reflejan experiencia. Y la experiencia no es solo tener vidas muy intensas, muchas veces nos conmueven más las vivencias de gente buena y corriente, como en este caso.
Espero que te des cuenta de que has escrito un comentario desafortunado y sin ninguna buena intencion hacia una mujer tan mayor.
Envidia es lo que supongo que sientes, porque deduzco que a ti nadie te va a mostrar nunca el cariño que se le muestra a esta señora. Cada uno recoje lo que siembra, no lo olvides nunca.
Que tengas suerte!
María
... tan lunes todo... lo pario!
Te mando un "CALLATE" al estilo rey imperialista!
Huguito
Yo en cambio creo que escribes bien.
Creo que no hace falta ser incorrecto para responderte, ya lo he hecho en el otro blog y aquí no toca. Aquí he entrado por curiosidad y porqué has contestado a mi comentario con muy buen humor...
Tienes escritos bellos y hemos leído libros parecidos. Eres un curioso personaje, interesante...
A mi me gustaría escribir mejor en castellano, mi lengua materna es el catalán y redacto mejor con ella. Pero bueno, me defiendo,
Saludos, seguramente volveré a visitarte... un día de estos.
Carlos: yo tambien creo que tus escritos son bellos. Bellos y no púbicos.
Eres joven y en algunos años lograras tener un blog como el de María Amelia, la experiencia llegará, has oídos sordos a los críticos que no entienden tus palabras, sigue con tu búsqueda.
Oye a Menina... una enemiga que puede ayudarte para que pierdas un poco el temor a ser viejo e inservible.
Sin más, saludos,
Juan Pablo de la villa 1/11/14
necesitas encontrar a alguien que te quiera chico.. se nota mucho que te sientes solo en este mundo.
pues no que no crees en el amor, que no eres romántico??? si este blog y este post derraman melcocha!! JAJAAJAJA
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